
The Conch Republic, eso ha dicho. Ha entrado por la puerta con una especie de talonario en la mano y ha dicho que su futuro está asegurado. Todos nos hemos quedado helados frente a su felicidad histérica.
El correo ha traído hoy un librillo para Rumi. Es de color guinda muy parecido al pasaporte peruano y tiene como cincuenta hojas de folio partidas por la mitad. En la tapa una concha como un caracol sonriente y mal impreso pretende lucir señorial; dentro, las hojas de evidente fotocopiado no tienen sellos y están borroneadas, todo muestra la pobreza y el descuido de la hechura. El indio sonríe con la libreta en la mano y balbucea en medio de felicidad que pronto será ciudadano, que el milagro ha sido hecho por internet.
-Qué es eso?-le digo yo tratando de esconder el asombro y susto que su aparición, pasaporte en mano, me genera.
-Es el futuro-me dice mientras vuelve a mirar la tapa del librito como si lo fuera. Soy ciudadano de The Conch Republic. Ai am citicen.
Mezcla palabras del jindi, del gringo y el español mientras se sacude con una felicidad que nunca le había visto. Sonríe con dientes y Rumi normalmente sólo hace una mueca rara con la boca después de decir que está feliz. Su felicidad estándar es seca color tierra y aparece sólo cuando su interlocutor manifiesta alegría, entonces Rumi hace la mueca y dice estoy feliz. Hoy no, hoy se retuerce de feliz.
-He encontrado la solución, mis amigos de la India han postulado todos a ser ciudadanos de un país desconocido y que no es de otros países.
-Una nación disidente. Pero si es disidente de qué nos sirve? -Pregunto en mi condición de visa de turista aunque en realidad no me doy mucha cuenta de la inocencia con la que estoy preguntando.
-Nos sirve porque es una isla cercana a La Florida, que nunca ha sido tierra de un país y que entonces pronto Norteamérica terminará reclamando para sí. Entonces todos los ciudadanos de la isla pasaremos a ser residentes con green card.
Nadie, no Pedro ni mi tía ni mi prima, dicen nada. Casi todos en esa sala somos ilegales de una forma u otra. En eso somos idénticos. Rumi recorre hoja tras hoja su pasaporte y está cada vez más contento. En el fondo da gusto verlo por fin feliz y por eso decido dejar la computadora en la que busco otro trabajo y me acerco a mirar. Me da el pasaporte como si me entregara la prueba de que dios existe y con el mismo gesto lo recibo tratando de atenuar el hecho de que pasados los primeros minutos de emoción ya todos están haciendo sus propias cosas y dejaron de atenderlo.
En la primera página figuran los datos del ciudadano junto con una foto plano medio de Rumi en traje formal, Dalghit Singh. La foto está pegada con cinta de embalaje, el libro está engrapado en el centro y las hojas no son correlativas. Me quedo helada como quien no cree en dios.
-Dónde queda la isla?
-En los cayos de La Florida.
- Por qué no es parte de Norteamérica?
-Porque es pequeñita.
Trescientos dólares ha costado el pasaporte ciudadano. Rumi llenó, como cientos de otros indios ilegales en eeuu, una aplicación en internet y envió la foto. Semanas después el ansiado libro llegó vía dhl. El pasaporte de rango diplomático costaba quinientos dólares americanos.
Como tengo la computadora conectada busco mapas. Me acerco a La Florida y busco con curiosidad dónde podría estar la isla en donde Rumi es residente. No encuentro nada parecido pero él sigue feliz. Entonces lo felicito y le digo que habrá que esperar, pero me quedo pensando en cómo podrían llamarse los habitantes de Conch Republic. Rumi sale de la casa silbando y yo me asomo por la ventana y le grito
-Chau, ciudadano conchano!
Ya arriba de la van, el indio me mira y sonríe. Tiene cientos de yardas de alfombras por instalar esa tarde.
1 hablaron:
jajajaja POBREEE!
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