27 de junio de 2011

Tiene en los ojos el gesto del que te puede matar con una mano. Los hemos seguido o pretendido seguir por semanas, pero siempre en algún momento nos concentramos en alguna cosa u otra que no tiene nada que ver con él. Cuántas mañanas, cinco o seis quizás nos hemos levantado temprano para ir a buscarlo en las manzanas que compartimos los tres; tú por el chipoco, yo por el partido y él peinando las calles todas, las veredas, caminando en medio de la pista.

El primer encuentro fue hace un montón. Calculo que cinco años porque en ese entonces Porno, el pobrecito, ya se había muerto de distemper y lo habíamos enterrado a vista y paciencia de los corredores matutinos en el malecón Vargas Llosa, como a un hijito muerto que no tiene espacio en ningún lado. Entonces la mascota nueva se llamaba Takle y caminábamos intentando educarlo cuando apareció éste tipo en medio del paisaje como si lo hubieran sembrado ahí, como un mal chiste interrumpiendo a las empleadas del hogar que pasean perros con nombres gringos.

Cómo se llama, creo que te preguntó a ti o a mí, de eso no me acuerdo, pero le dijimos y dijo dile que le manda saludos Rintintín. Desde ese día el zambo de pelos anaranjados que camina por mi barrio entre loco y pasteleado buscando basura unos días y lavando autos otros mejores días, se llamó Rintintín.

Lo hemos buscado hasta el cansancio y la preocupación. A ratos aparece y cuando estás por hablarle desaparece de la nada como si las paredes se lo tragaran, o los arbustos o los callejones. Tiene definitivamente el poder de invisibilizarse. Entonces han habido días que después de peinar todo Barranco y preguntarle a las heladeras del malecón, a Jenny de la bodega, nos ha agarrado un miedo seco de pensar que finalmente se murió, que lo pisó el metropolitano o una patrulla matalocos se lo ha bajado. Hoy no sólo lo vimos, sino que pudimos abordarlo. Pudimos digo, aunque yo me quedé en el auto mirando mientras tú le hablabas.

Volviste al auto sonriendo y me contaste que Rintintín se llama Lucho.

14 de junio de 2011

Esto me pasó

Que cuando tenía como quince años andaba con mi mamá mucho y solíamos ir a comer cebiche y carapulcra a un restaurant de nombre obvio que tenían sobre la avenida dos de mayo de san Isidro, el gordo Casaretto y su mujer Gabriela. Íbamos a clavo y canela cada cierto tiempo porque Alejandro (que así se le dice en su casa al gordo) tiene buena mano para la cocina y a veces se aventaba a tocar la guitarra y cantar el vals. Nunca, en toda esa época jamás Alejandro contó un chiste ni hizo la imitación de la pirula, a pesar de las peticiones de muchos de los comensales. Los había fans, los había faranduleros y nos había comelones.

Un día, recuerdo que comíamos cebiche de pollo porque el entonces presidente había dejando claro que el pescado crudo daba cólera, una mujer con pinta de boleteada se sentó en la mesa de al lado. Nosotras y el grupo de amigos que se nos había unido, seguimos comiendo de lo mas normal hasta que la mujer se quedó mirándome y empezó a reírse. Entonces todos volteamos a verla y ella dijo: jajaja que estón, que tal cara de pasada, y con su mamá, qué capa, jajaja. Así un buen rato hasta que decidimos no hacerle caso.

En ésta breve y poco significativa anécdota lo raro no radica en que yo pare con mi mamá, que el gordo casaretto no sea gracioso en persona, que cocine bien ni que toque la guitarra. Tampoco que venga una mujer extraña y te saque al fresco delante de tu mamá. Lo raro es que yo no estaba drogada esa tarde, te lo prometo.

the motorcycle man

Dave sale de su taller, se sube a la moto y conduce relajado por Albany St. No son aún las siete de la mañana pero ha pasado la noche despierto repasando lo malo, pensando una vez y de nuevo en su vida anterior, en Kate y el amor, en Dave Jr. y el amor, en el puto crack y la adicción que le arrebató el amor de todos. Para no torturarse más de lo necesario pulió el tanque de una Harley Bobber en la que ha trabajado meses, de dos a cuatro y treinta. Una vez terminada, si consigue los faros en algún lugar de Norteamérica, la va a vender y con ese dinero vivirá algún tiempo y armará otra moto de colección que pueda vender y con ese dinero vivir algún tiempo, mandar cheques a la ex mujer y el hijo, recuperar un poco de dignidad delante de ellos y con suerte un poco de amor.

De cuatro y treinta a cinco y treinta ha hecho pesas sin parar. Dave lleva la cuenta en voz alta para exigirse cada día más. Llevar la cuenta hablando fuerte es un método que aprendió en la rehabilitación y una forma de sentirse acompañado. Cuando escucha su propia voz pretende que escucha la voz de otro, se sale un poco de si y se ve como quisiera que su familia lo viera a pesar de que no lo ven hace mas de tres años.

A las cinco y treinta fuma el primer cigarrillo y fuma nueve mas esperando que amanezca del todo. Hay un placer extraño en cada encendido de mechero, en cada calada, en cada colilla que se apaga. Ahora va por Alabany y toma Garden St. Parkway, acelera un poco para probar la moto y avanza una milla, dobla en N. Midland Ave, avanza algunas cuadras y estaciona frente a la cafetería de a diario. Entra y se sienta en la butaca de siempre frente a la barra con forma de U a esperar que aparezcan Mary o Katerina y le sirvan el desayuno. En la radio de Gus´s Grill suena Marc Anthony, son las seis y trenticinco, huele a pan tostándose en la plancha y a café recién pasado.

Sale el ruidoso Gus de la cocina, siempre con una gorra distinta y con su alegría agresiva.

-Mi buen amigo Dave, como están las Harleys hoy!

-Igual que ayer, Costantino-intenta responder en el mismo ánimo- dónde están las chicas?

-Tenemos noticias, Mary se jubiló. Aparentemente tiene que cuidar a una tía vieja en casa y renunció ayer por la tarde. Tenemos a una nueva en entrenamiento, ahora está con Bill en la cocina viéndolo preparar el desayuno.

Dave sigue la perorata de Gus sin interés. Mary era la vieja que atendía en el lugar y bueno, dado que el iba a diario tenía que pretender que la historia del dueño era de algún modo relevante. La rutina le da estructura, el trabajo le da estructura y el ejercicio le da estructura.

-Mary, la extrañaremos –dice mientras se queda viendo un afiche de Larissa, algo que parece ser la isla griega donde nació Gus.

-Es difícil encontrar nuevo personal. Todos quieren hacer dinero con el mínimo esfuerzo. Si al llegar a este país yo hubiera pensado lo mismo, no estaría donde estoy. Ahora, a trabajar unos años más y jubilarme.

Atraviesa el portal entre la cocina y el salón una mujer con pelo oscuro. Dave la mira y piensa que es nativa americana o india o hispana. Tiene pelo largo y unos veinte años. El delantal azul cubre casi todo su cuerpo y solo deja ver unas mangas blancas y un jean, de la rodilla hacia abajo. Se acerca a la barra desde el interior, ve al tipo tatuado hasta las muñecas, respira y habla por primera vez.

-Buenos días, qué puedo traerle?

En el acento Dave nota que es hispana y que tiene miedo. Las manos le tiemblan y lo queda mirando impresionada. Entonces Gus encuentra que es el momento indicado para interrumpir a gritos.

-Es la nueva, se llama Sandrita. Sandrita, él es nuestro buen amigo Dave, el hombre de las motocicletas.

Sandra la peruana sonríe por obligación. Tiene miedo de usar el idioma y evidenciar la falta de uso. Se toma las manos a la altura del estómago buscando que dejen de temblar de una buena vez. En los pellejos delgados y tatuados de los brazos del cliente se dibujan tribales y letras que no puede leer para no parecer demasiado interesada.

-Tomaré mi desayuno usual. Sabes qué me sirve Mary todas las mañanas? Tres tostadas de pan de centeno y claras de huevo revueltas. Ah, y un café en tazón.

-Ok, con azúcar?

-No linda, soy lo suficientemente dulce.

Sandra sonríe una vez más por obligación, escribe el pedido en un papel y sale a preguntarse dónde diablos están los tazones grandes. Vuelve en un minuto con el café hirviendo y lo pone delante del tipo.

-Aquí vamos-dice exactamente como ha escuchado que Katerina, la moza checa, le dice a todos los clientes cuando les entrega el pedido.

Dave toma la taza complacido y la pone justo debajo de su boca. Con la mano izquierda se acaricia el mostacho rubio y sonríe.

-Sandrita, como Velvita.

Como la peruana ha llegado a vivir a Nueva Jersey hace muy poco, no sabe que Velveeta es un queso fundido que comen los gringos a veces. Igual sonríe para caerle bien y simular complicidad. Marc Anthony sigue ahí

oh, this day seems made for you and me
and you showed me what life needs to be
yea you sang to me, oh you sang to me

A las siete y veinte de la mañana, la peruana prepara la cuarta jarra de café de su vida y aún no ha roto nada. Dave el hombre de las motocicletas paga 4.50 mas taxes, deja un dólar de propina y se va. El primer dólar.


6 de junio de 2011

cap I

Nos vamos muy lejos. Casi te he obligado a que nos larguemos porque Lima no es la misma, ya no la quiero, por donde voy respiro el mismo aire que esa perra maldita. No olvido y entonces me voy para olvidar y dejo todo, pero te llevo como trofeo. Te llevo únicamente para demostrarle a ella que no te tiene, para que cada vez que camine por Lima, que vaya en un auto, que se vea en una foto, sepa que no te tiene, que te tengo yo. Has vuelto y yo soy feliz porque te recupero, pero te digo que no quiero estar mas en Lima, mas en Chorrillos, que todo me recuerda a ella, que todos son caminos que recorrí sangrando mientras tú estabas en su cama, al lado suyo, adentro de esa zorra mientras yo caminaba desangrándome por todos lados, tocando la puerta de la que fue nuestra casa sin que me dejaras entrar. Pero regresaste y como yo mataría por ti te recibo, pero te digo que nos larguemos, que nos vayamos lejos, que solo la distancia conseguirá que me olvide de todo. Entonces te entregas y compramos dos pasajes a Newark Nueva Jersey. Por eso nos fuimos.