8 de marzo de 2021

Reflexiones sobre el #8M

 A estas alturas de la mañana ya debes haber leído todo tipo de menajes por el día de la mujer. El mensaje que explica la fecha conmemorativa, el que se indigna por los saludos y felicitaciones y los mensajes que dicen que eres un ser sagrado y bueno, una vasija santa del señor.

La verdad es que habemos tantos tipos de mujeres como mujeres hay y que así como es buena la atención que recibimos en un día como hoy, también es bueno que reflexionemos sobre algunos temas que quedan flotando.

El primero de ellos es el concepto de sororidad que se pasea hoy en cartelitos de todos colores. ¿Esa hermandad que pregonamos tiene límites? ¿Tenemos realmente que apoyar la conducta e iniciativas de todas las mujeres porque somos mujeres? Me parece que no. Creo que hay mujeres que obran bien y otras que obran mal. Mujeres que se corrompen, mujeres que mienten para obtener beneficios sin importarles a quiénes perjudican. Mujeres egoístas y no solidarias, en la misma proporción que hombres no necesariamente buenos. ¿Tengo entonces que celebrarlas porque compartimos género? De ninguna manera. Puedo ser crítica sin perder en ese camino el norte de mi lucha por los derechos de las mujeres.

El papel de la sororidad en el ejercicio crítico de la realidad consistiría entonces en no usar argumentos machistas para atacar a las mujeres en su femineidad. Que una mujer actúe de tal o cual forma no le da derecho a nadie a decir que es fea, gorda o p*ta. Tampoco es muy sororo referirse a otra como un apéndice de un hombre. La mujer de, la amiga de, la hermana de o la hija de. Esas son formas de menospreciar la valía de una persona que, cómo será de importante que te tiene refiriéndote a ella y tratando de invisibilizarla.

Saltando a otro tema, me parece más consecuente emprender una lucha real para cambiar la vida siquiera de una sola mujer, que poner largos posts que digan "puedes cumplir tus sueños". ¿Cómo puedes cumplirlos si naciste en un hogar pobre donde no vales igual que tu hermano porque tus padres no tuvieron la información y los medios para impulsarte fuera del machismo atávico enquistado desde siempre en las casas? 

Nadie cree realmente que una niña casi sin comida, sin educación y que tiene que cosechar al sol durante largas jornadas, tenga la posibilidad de alcanzar sus sueños. No sabemos con qué sueña una adolescente esclavizada para el comercio sexual. No sabemos ni siquiera que pueda ejercer su derecho a soñar. Eso es llamado por algunos "romantización de la pobreza", pero en realidad es la romantización de los privilegios porque hace que las mujeres que estamos en un buen lugar, que pudimos estudiar, decidir cuándo o si embarazarnos, que podemos escoger, estamos donde estamos porque somos unas heroínas. Eso significaría que las que no tienen metas o no ganaron, son perdedoras porque quieren. Sabemos que no es así. Por más esfuerzo que hayas hecho, siempre hay mujeres que empezaron a subir la escalera desde más abajo. Quizás en lugar de usar tu compu e internet para decirles que sueñen, puedes ayudarlas a saltear los enormes obstáculos que enfrentan.

Muchas veces comento con amigos sobre sus madres, algunas de ellas son amas de casa que han sacado adelante con su esfuerzo a varios hijos hoy profesionales. Siempre tengo curiosidad de saber qué hubieran querido ser si en su época el suelo hubiera estado más parejo para las mujeres. Casi nunca saben, los hijos. 

Mi mamá hubiera querido ser médico. Viniendo de un hogar de clase media, con padres cultivados y del mundo del arte, acabó estudiando educación. Qué linda carrera, qué maravilloso salvo porque ella quiso estudiar medicina y esa no era una carrera para mujeres. Tu mamá, tu abuela, la señora que tienes la suerte de que te ayude en la casa ¿qué hubieran querido ser? En una de esas tu puedes darles una mano para que ese ansia de conocimiento o de realizarse no quede trunco, obvio que sujeto a tus posibilidades y las suyas. Ese sería un gran gesto, un paso más allá de los cartelitos de colores.

Finalmente y porque este texto ha quedado más largo de lo que pensaba, luchemos contra la violencia hacia las mujeres de parte de los hombres, pero también de parte de nosotras mismas. Reflexiona sobre el doble discurso, sobre las demostraciones políticamente correctas en público y la violencia en mensajes privados. Seamos hermanas entre amigas y enemigas, en este tema que es tan importante para las mujeres que no tienen espacio para soñar. Abre el camino, da la mano. No juzgues a una mujer desde lo que tú crees que es correcto. Prostituta, madre abnegada, monja, política, barrendera, académica, empleada del hogar, ama de casa, veterinaria, astronauta o esposa, algunas desafiando su contexto y otras amarradas a su contexto como si fuera un saco de piedras. A todas nos tocó vivir este 8 de marzo, en el mismo tiempo histórico. Hagamos que sirva de algo.


21 de agosto de 2016

De nuevo este mes me invitan a tu misa. Cómo jodes muriéndote todos los años de nuevo. Creo que este es el décimo año y con él, nueve misas a las que no he ido. Me niego a llorar repetido, pero todos los agostos es lo mismo. Preguntarse una si te gustaría este pelo largo, qué pensarías de las cosas que hago ahora. No saber si estarías celoso de mi novio o si sería tu amigo, o no saber si estarías casado con alguien y tendrías hijos y por eso quizás ya nos veríamos igual o menos que ahora. Cómo saberlo

4 de septiembre de 2014

Larga vida a Helga

Le mandé un beso a Katya vía tuiter y ella contestó "Otro. (Larga vida a Helga)".

Hace un año yo no conocía a Katya, pero en algún momento Alicia me la presentó. Nos sentamos en un café a conversar la tres y a pesar de que no la había visto nunca en persona, ya la conocía por foto. Eso claro, no se lo hice saber. Estábamos reunidas para que yo le pida que forme parte de un proyecto raro que tenía en ese momento. Dijo que sí.

Katya es mucho más flaca de lo que yo calculaba al verla en facebook. Es como atlética. Es probable que haya pasado más tiempo bajo el agua que yo, lo que es mucho tiempo. Siempre sonríe. En su sonrisa conviven la alegría y la pena al mismo tiempo. A mí me parece un poco sabia, desde mi estupidez.

Dijo que sí al proyecto y me mandó su texto. No el primero sino el segundo texto que llegó, fue paralizante para mi socio Ricardo y para mí. No tengo idea de por qué. Katya no escribe frases largas ni coloca muchas comas en sus párrafos. Cada línea es como una sentencia que te seca o te empapa.

Su texto, que leí más veces de lo que es normal leer un texto, se lo entregamos a Hilda Holguín -a quien Katya no conoce- para que hiciera un video de los seis que componían la muestra. El link al resultado, sin permiso de ninguna, está al final de éste post. Quizás manaña una o las dos o ninguna, me escriba para que lo borre.

Unos meses después, Katya escribió un libro en cuya solapa dice "Hay lugares a los que no se puede volver ni siquiera volviendo", y me hizo llorar apenas al leerlo.

Un minuto después

16 de abril de 2014

volver a weimar

El perro ha pensado todo el tiempo que somos personal de servicio. Nos mira con simpatía, nos sonríe y mueve la cola, pero todo es una máscara dispuesta a entregarse por un buen servicio. Desayuno antes de medio día, libertad para mordisquear la mesa de centro y los palos horizontales de las sillas, algún zapato de cuero a la mano, silencio sepulcral para las decenas de horas de sueño diario. Eso y la comida antes de medianoche.

El perro se ha imaginado que alguien nos está pagando por cuidarlo. En su cabeza de perro ario solo así podría estar tan rodeado de crolos. Yo soy la cocinera y anti el paseador. Ha visto que tenemos un romance pero prefiere callar hasta poder acusarlo a alguien. Sabe o teme que sus padres están lejos. Entiende que lo mejor es llevar la fiesta en paz hasta que vuelvan, pero nunca renunciar a su esencia de animal rompecosas.

Como algunos humanos, ha desarrollado una especie de Estocolmo, un síndrome que le hace sentir cierto afecto hacia su cautiverio tercermundista. Por eso sonríe, coletea, lame la cara de todos. Juega con Ñoño, labrador obeso, Kachina, perra tropical y Recco, braco marca acme, pero mientras sigue el frisbi que muchas veces lo golpea directo en la frente, cree recordar esos aires europeos, la arquitectura, el bauhaus.

Varias veces ha visto la puerta abierta y la oportunidad inmediata de partir hasta llegar a casa, pero siempre fue interceptado y revertido a ese departamento chico al margen de un distrito que fue balneario. El perro no sabe dónde se encuentra y por eso no tiene hacia dónde ir. Mientras resuelve su vida muerde la pata de la silla, esconde las medias, rompe cajas de fósforos y alfileres.

Rubio hasta la ceguera, viene de la cuna de Nietzsche, Goethe y Bach a vivir rodeado de Garcías y Ayalas.
Takle mi perro, viene de weimar y hacia weimar va.

9 de febrero de 2014

yo confieso

(publicado en este blog el 14-02-2006 y posteriormente en el libro Queloide)
A veces me robo cosas. Nunca algo de un chocolatero ni de una bodega, ni algo importante de un amigo. Cosas. Como la tijerita enana de C. Lluén, que se sentaba cerca mío en tercero o cuarto de primaria. Tenía la mega cartuchera con mil imanes de sanrio, dentro los lápices increíbles, los borradores que olían a chicle, las formas de estrellitas celestes y rosa. Entre todo eso, una tijerita de mango naranja, como las normales pero enana. Un día no pude dejar de verla y en el recreo, la hice mía. La metí en mi mochila y llegó a mi casa. Mi tijerita mía. No tenía ningún uso lógico y los dedos me cabían con dificultad en los huecos del aparato. Ahí quedó, como una prueba de que puedo ser criminal, como un recordatorio naranja y plata de que me quedo con cosas de otros. C. Lluén y yo nunca fuimos amigas. La tijerita se fondeó con los años y cada cierto tiempo, cuando me sentía ya libre de pecado, aparecía en un cajón, o debajo de la cama entre pelusa y polvo. Un día en tercero o cuarto de media me acerqué donde esta chica que nunca fue de las populares (sólo en eso y en la tijerita éramos hermanas), y le conté todo. No se acordaba de la tijera, nunca se dio cuenta de que faltaba, no entendió el por qué de mi confesión. Incluso hoy todavía pienso en eso. En la vergüenza que me acompañó años, en todas las veces que dejé que la Lluén se siente en mi mesa en la cafetería, todas las veces que le presté un lapicero, que le expliqué historia, matemáticas, que le soplé lo más básico del examen. Pero sobretodo, me acuerdo de la tijera una vez que estuvo en mis manos, del vértigo, de la sensación de poder y cobardía abrazadas y me pregunto cómo serán las caras, cuáles serán las intenciones, qué manos querrán hoy día tocar con sus dedos los ojos de mi tijera.

26 de enero de 2014

JOSE EMILIO PACHECO: El viento distante

EN UN EXTREMO DE LA BARRACA el hombre fuma, mira su rostro en el espejo, el humo al fondo del cristal. La luz se apaga, y él ya no siente el humo y en la tiniebla nada se refleja.
El hombre está cubierto de sudor. La noche es densa y árida. El aire se ha detenido en la barraca. Sólo hay silencio en la feria ambulante.
Camina hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira lo que yace bajo el agua. Entonces piensa en otros días, en otra noche que se llevó el viento distante, en otro tiempo que los separa y los divide como esa noche los apartan el agua y el dolor, la lenta oscuridad.
Para matar las horas, para olvidarnos de nosotros mismos, Adriana y yo vagábamos por las desiertas calles de la aldea. En una plaza hallamos una feria ambulante y Adriana se obstinó en que subiéramos a algunos aparatos. Al bajar de la rueda de la fortuna, el látigo, las sillas voladoras, aún tuve puntería para abatir con diecisiete perdigones once oscilantes figuritas de plomo. Luego enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que develaba el porvenir.
Adriana era feliz regresando a una estéril infancia. Hastiados del amor, de las palabras, de todo lo que dejan las palabras, encontramos aquella tarde de domingo un sitio primitivo que concedía el olvido y la inocencia. Me negué a entrar en la casa de los espejos, y Adriana vio a orillas de la feria una barraca sola, miserable.
Al acercarnos el hombre que estaba en la puerta recitó una incoherente letanía:
—Pasen, señores: vean a Madreselva, la infeliz niña que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva, escuchen en su boca la narración de su tragedia.
Entramos en la carpa. En un acuario iluminado estaba Madreselva con su cuerpo de tortuga y su rostro de niña. Sentimos vergüenza de estar allí disfrutando el ridículo del hombre y de la niña, que muy probablemente era su hija.
Cuando acabó el relato, la tortuga nos miró a través del acuario con el gesto rendido de la bestia que se desangra bajo los pies del cazador'
—Es horrible, es infame —dijo Adriana mientras nos alejábamos.
—No es horrible ni infame: el hombre es un ventrílocuo. La niña se coloca de rodillas en la parte posterior del acuario, la ilusión óptica te hace creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Tan simple como todos los trucos. Si no me crees te invito a conocer el verdadero juego.
Regresamos. Busqué una hendidura entre las tablas. Un minuto después Adriana me pidió que la apartara -y nunca hemos hablado del domingo en la feria.
El hombre toma en brazos a la tortuga para extraerla del acuario. Ya en el suelo, la tortuga se despoja de la falsa cabeza. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la besa y la atrae a su pecho. Llora sobre el caparazón húmedo, tierno. Nadie comprendería que está solo, nadie entendería que la quiere. Vuelve a depositaria sobre el limo, oculta los sollozos y vende otros boletos. Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.
México, 1963

museos


La niña llega al borde de la pileta. Tiene un polo verde unisex y lleva el pelo atado en una cola que tiene pinta de haber sido hecha hace algunas horas, pero sigue ahí. Nada mal. Se para justo frente a una de las dos esculturas, la que dice “Niño con pato” y representa bueno, a un niño que sostiene un patito. No mira la escultura, de hecho no mira nada. Mira un lugar es un espacio que no está aquí, eso se nota en sus ojos. ¿Qué piensa una niña de cinco años al borde de una pileta, justo frente a “Niño con pato”?

Entonces llega torpe, metiéndose cabe, un chico de cuatro años rubio. Un poco empuja a la chica de cinco que no se había dado cuenta de la embestida. Se para a la mala y sin mirar tira un quarter, una monedita de veinticinco centavos, dentro de la fuente de los deseos. Da media vuelta y se quita. Ni siquiera ha mirado a “Niño con pato”. La niña lo mira y vuelve a meterse íntegra dentro de sus propios ojitos. Sigue mirando ahí, a ese sitio que no ves, que no veo aunque me esfuerzo.

Extiende la mano con la palma hacia arriba y a la distancia puedo ver la moneda plateada. De inmediato cierra la mano, jala el brazo derecho hacia atrás, lo empuja hacia adelante, abre la mano y la moneda vuela, cae en la pileta y se hunde. La niña baja el brazo. Se queda mirando muy seria el lugar donde cayó la moneda, respirando profundamente.

El otro regresa como dando patadas al aire y se nota que estuvo con sus padres porque viene con ocho o diez monedas de las color cobre y de las plateadas que vuelan entre sus dedos y caen unas dentro y otras fuera del agua. No le importa nada, sus manos de cuatro años, sus deditos microscópicos vomitan pennies y dimes. Le da la espalda al niño, al pato y a la pileta para caminar hacia sus padres, al mismo tiempo que la niña deja de ver hacia el agua y camina hacia exactamente los mismos padres.

¿Qué desea una niña de cinco años con tanto afán?
¿De la cantidad de centavos invertidos depende la ejecución de un deseo?
¿Quién maneja los estatutos de las fuentes?
¿Qué conoce “Niño con pato” de todos los que hoy lanzamos nuestra última moneda?

11 de noviembre de 2013

tarde borde

En un momento el chico dijo “Christian se casó con una de esas chicas perfectas. Pelo largo, toda arregladita y que le llevaba la contabilidad. Ella era de las que alquilaban la casa en la playa y veía toda la producción de la casa”.

Eran las cuatro de la tarde, no la hora de almuerzo ni la hora de la cena y ahí estaba yo, en un restaurante sostenido por palos mar adentro de la ciudad capital, viendo al revés Lima, la Lima que atardece mojada y que se levanta a cuatro o cinco pisos de la costa. Tenía tres copas de vino blanco ya tomadas y él tres piscosours en vaso gordo. Nos escapamos porque el día estaba lindo y salíamos cada ciertos minutos del bar a fumar para luego volver y pedir piqueos, muchos piqueos marinos compuestos por pulpos y calamares. Tres veces el mar chocó contra el vidrio del sitio donde nos sentamos. Una sola vez él me tocó el pelo marrón para decir qué negro tu pelo.


Ahí estaba yo, abandonando cualquier actividad productiva para entregarme al mar y al coqueteo a media tarde. A decenas de miles de kilómetros del pelo largo, la perfección y la casa de playa, como se puede leer.

9 de noviembre de 2013

De tener a no tener un perro


El día que se murió el perro cayó viernes. Justo ese día una vecina del edificio nos había invitado a cenar a su casa distintos platos criollos. La vecina tiene los ojos achinados, la boca gruesa y el pelo muy lacio. Cocina todo lo que haya en el recetario pero no usa las hornillas sino la olla arrocera. Es muy buena en eso y por eso nos invitó a todos el jueves a probar carapulcra, olluquito y ají de gallina.

Como a la vecina le gusta que uno llegue y la vea cocinar toda ágil en su kitchenet,  que son las cocinas de nuestros pequeños apartamentos, yo salí temprano pero Ricardo no vino conmigo porque al perro le pasaba algo. Prometió si, que si veía que la cosa empeoraba iba a llamarme y yo volvería de inmediato, siendo que la casa de la vecina queda a veinte metros, sobre un segundo piso.

Esa noche comí olluquito y fue raro dado que  yo no como ollucos porque les siento sabor a tierra. ¿Cómo sabes qué sabor tiene la tierra?, preguntan todos. Dejen de fingir que nunca metieron la lengua en una maceta, anormales. Tomamos chilcanos de pisco, personalmente dos o tres. Estaba esa pintora que tiene el pelo larguísimo y es como una especie de pin up. Estaban el vecino bigotón y una pareja de amigos de la dueña de casa. Hablamos de un montón de cosas y de un minuto a otro empezó a parecerme raro que Ricardo no llamara nunca. Miré varias veces el celular y en lugar de regresarme a casa, decidí llamar desde una esquina.

Ricardo no es muy hablador ni muy descriptivo. Lo suyo es sobrevivir, con simplemente estar hace suficiente. Vuelvo a la casa apenas escuchar que el perro tuvo dos ataques más. Corro los veinte metros y dejo de respirar subiendo las escaleras hasta el tercer piso. Dejar de respirar se ha convertido en una especie de rezo para mi. Dejo de respirar y me digo esto no está pasando, no está pasando, no está pasando. Respiro antes de meter la llave en la cerradura y abro la puerta. Veo al perro golpearse la cabeza contra la pared.

El perro no debería tener más de dos meses y medio, unos ochenta días. Lo compré en una veterinaria de la avenida Benavides un martes. Apenas después de una semana enfermó del estómago pero como yo lo trataba como un hijito, lo cargaba, le cantaba y le ponía nombres tontos todo el tiempo, me di cuenta de inmediato y lo llevé al veterinario. Le hicieron varios exámenes y decidieron que lo deje un par de días con suero en su patita negra, para tratar de curarle el mal de panza. La panza del perro era como media bolita rosada que aparecía entre los pelos negros. Negro con ojos negros era el color del perrito chiquititito que compré y al que Ricardo bautizó como Porno. Era un perrito divertido de esos que te clavan los dientes como agujas y cuando salió de la clínica veterinaria tuvo algunos días buenos.

Estaba aprendiendo a sentarse el día que empezaron los ataques, que fue jueves. Cuando volví de la casa de la vecina llamé rápido y quizás con demasiada intensidad, a la veterinaria de por mi casa. Eran las 12 de la noche y me dijeron que tenían un médico de guardia, por eso fuimos los tres. Nos sentamos a esperar que al perro le diera un ataque pero no pasó nada. Cuando regresamos me dio rabia que no le haya dado un ataque frente a la doctora pero en el fondo caminaba feliz cargando al perro en una mantita y pensando que ya todo había pasado.

Apenas cruzamos la puerta de la casa dejamos al perro en el suelo y este corrió y se golpeó la cabeza contra la pared. Lo subí a la cama para que no pudiera hacerse daño y se tiró de cabeza hacia el suelo. Su carita hacía las peores muecas que he visto en la vida. Las peores caras, como si el perro estuviera loco, enfermo o poseído. El dolor no paraba, eran las dos de la mañana y llamé a la veterinaria que me pidió que me calme y espere a la mañana pero el perro enano gritaba de dolor y su grito era como de mil personas rugiendo y rogando por piedad. Le rogué a la veterinaria que tenga piedad de mi y no quiso, trató de tranquilizarme. Ricardo tiene cara de que va a morir, el perro grita llenando el espacio de dolor y yo no puedo más. Este perro no va a aprender a sentarse ni va a aprender a dar la pata.

Si la veterinaria no quiere venir, yo voy a matar al perro. Voy a buscar una forma de acabar con el dolor del perro, probablemente torciéndole rápido el cuellito. Lo voy a llamar, lo subiré a la cama y le haré cariño cuidando que no se tire al suelo de cabeza, cuidando que no se vuelva a golpear la cabeza contra la pared. Su cuerpo negro es tan chiquito que ya lleva como veinte golpes de frente hacia la pared y no le pasa nada. Apenas tiene oportunidad quiere acabar con todo estrellándose contra la pared blanca de mi casa nueva. Vuelvo a que planeo subirlo a la cama y cuando se relaje un poco con los cariños, le torceré fuerte y rápido la cabeza. Tiene que ser tan brusco que no tenga tiempo de gritar, tan rápido que lo último que recuerde sea el cariño como si todo ya hubiera mejorado.

La veterinaria nos cita a las 4am en su consulta y vamos con el perrito envuelto en una manta. Cuando le ponen la primera inyección, que lo seda, nos dicen que lo despidamos. Ricardo se despide primero y yo después, viendo al perrito dormirse, diciéndole chau Pornito, chau perro chimichu. Luego la mujer nos pide que nos vayamos porque va a inyectarle algo más y que seguramente será un poco chocante para nosotros y muy obedientemente salimos del cuarto unos cuatro o cinco minutos.

Yo no lloré me parece, o me parece que lloré con espasmos y desesperación. Ricardo derramó algunas lágrimas y se encerró en si mismo un poco más, lo que cupiera. Volvimos al cuarto y el cuerpo estaba ahí cuando discutimos dónde lo enterraríamos, pagamos y volvimos a casa con el perro envuelto en una bolsa negra, como una salchicha larga, fabricada con tape. Yo pensaba en los gatos de los egipcios mientras caminaba y amanecía en la avenida Sáenz Peña ese viernes.

El perro alargado en una salchicha negra, medía unos 50 centímetros y pesaba como máximo dos kilos y medio. Su estado había sido tan grave y veloz, que el inicio de descomposición tomaría minutos, por eso hicimos lo que nos aconsejó la doctora y pusimos a Porno en el frízer. Luego nos echamos unos minutos como a descansar y pensar en qué hacer, hasta que desperté y fui al mercado de flores. Compré un cáctus y piedritas blancas. En paralelo Ricardo pidió al guardián del edificio ayuda y una pala, entonces salimos los tres en el auto con el perrito muy frío, hacia el malecón.

Ricardo, no mi novio sino el guardián que se llama igual, cavaba el hueco mientras yo miraba desde el barranco hacia la vereda. Ricardo mi novio, lo ayudaba. Ese día hubo sol desde temprano y el que entonces era el ministro de Educación pasó haciendo footing en el momento en que nos despedíamos de la bolsa negra y la depositábamos en el hueco, entonces nos quedó mirando raro pero siguió corriendo de sur a norte. Sembramos el cáctus y pusimos las piedritas. Luego nos miramos, levantamos los hombros al mismo tiempo y volvimos a la casa.

No me acuerdo de los dos días siguientes pero en algún momento alguien cambió la refrigeradora de mi casa porque el recuerdo del animal en la congeladora me podía ser muy traumático o algo así. Tengo una familia bastante sobreprotectora. Estuvieron tratando de divertirme y hacer olvidar esas pocas horas entre jueves y viernes que pasé de tener un perrito a no tener nada. Lo mismo le pasó a Ricardo, pero él no es mucho de decir cómo se siente. Todos estaban aterrados pensando que yo no lo iba a superar y se equivocaron. De hecho hoy, siete años después he olvidado casi todo y con las justas a veces me acuerdo del perrito negro.


Eso sí, si hubiera estado vivo tres días más, sólo setenta horas más, yo le hubiera enseñado a  sentarse y también a dar la pata.

proyecto helga.


4 de noviembre de 2013

micro reflejiones

Hasta ahora en la vida he tenido más nervio de que me pique algo, que picazón real.
Y mientra esto escribo, nada me pica pero igual me rasco.

2 de septiembre de 2013

Ella no tiene nombre.


Volvíamos caminando del Guggenheim cuando vimos la foto tirada en la vereda. Estábamos en una calle llena de buenas casas, edificios de esos que salen en las series como La Nana, o los Cosby. No me acuerdo bien si hacía frío o hacía calor y menos si fue hace cinco años o tres. Recordemos que hacía frío entonces, para pensar que estábamos muy abrigados y que caminar por la vereda del parque central hubiera sido un suicidio, entonces tomamos caminando apurados para entrar en calor, una calle cruzada. Por esa calle comentábamos de tu internado en Vermont y de cuántos amigos habías hecho y yo seguro te contaba cómo había estado Lima en tu ausencia y te decía que visitemos tal o cuál sitio a continuación, pero estaba tan contenta de verte de nuevo que caminábamos por esas calles frías y quizás llovía y habían hojas mojadas en el suelo sobre las que yo andaba tratando de no resbalar. 

Claro,  fue así que encontramos la foto tirada en la vereda con el vidrio roto y nos quedamos mirándolo en el suelo con cara de preocupación porque en el fondo era como encontrar un tesoro o un fajo de billetes. Nos miramos y cogiste la foto debajo del brazo mientras yo seguía esperando que alguien apareciera en alguna ventana del edificio al pie del que estaba la ese marco y los vidrios rotos. Esperaba no sé, una explicación o un grito pero no salió nadie y de todos modos salimos corriendo como si hubiéramos robado algo en lugar de encontrarlo abandonado con violencia. En la esquina tomamos uno de esos diarios de distribución gratuita, el Village Voice, y envolvimos como un pescado la foto de la mujer y con ella estuvimos caminando largo. Entramos en una tienda de mascotas y mientras yo compraba cosas para perros tú comprabas cosas para gatos, así de sintomático era todo. Después seguimos caminando y nos sentamos en un parque equis a abrir el paquete y retirar los vidrios para que no te cortes, no me corte, ni se corte.

La foto de una novia en blanco y negro el día de su boda, hace muchos años que está en la sala de mi casa sobre una repisa. La traje de regreso en una maleta y desde entonces está ahí, sin vidrio, y nadie pregunta por ella.

Ella no tiene nombre o yo no lo conozco, nosotros no es más plural. Tal vez era verano, la verdad ya no me acuerdo.

30 de mayo de 2013

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Te vas a morir, no hay otro camino. No sé si será mañana o pasado pero estoy casi segura de que te mueres este año, o quizás no estoy tan segura pero es lo que te deseo, porque en el fondo te quiero. Cuando mueras, te vas a morir odiándome. Si tienes un poco de suerte no te vas a acordar de que existo, rodeada de esos que si te quieren bien, que se han ocupado de conquistarte, los que nunca te han dado lata. Ellos, esto no lo vas a saber nunca, no te quieren. Te han dado más alcohol del necesario cada vez que los he visto, se han reído, han comentado cada una de tus cosas en son de burla, pero a ellos los quieres y a mí no.

He pensado en pasar a verte. El otro día incluso, estuve en la puerta de tu casa treinta o cuarenta minutos sin tener la menor intención de entrar. Un montón de minutos en el auto sobre la vereda, jugando con el celular. Me pregunté mientras jugaba  si adentro del muro seguirá habiendo el árbol ese que daba flores blancas y si mi foto sigue en el aparador o ya la escondiste o la botaste o se fondeó entre las rumas de papeles, para felicidad tuya de los demás que también me odian. Me sorprendería entrar un día –no sé por qué volvería a entrar salvo a decir adiós- y encontrar mi foto antigua. Me cagaría la vida, entiendes? Pero no te preocupes en buscarla para ponerla y destruirme porque no voy a entrar a tu casa nunca más. Por tu bien, me han mencionado elegantemente que no te busque porque no hay caso. No soy del tipo sabrás, de las que piden perdón por algo que no han hecho, porque yo a ti no te hice nada y tú no me hiciste nada pero sin embargo aprendimos a odiar estar cerca. Nos hicimos mierda de no hacernos nada y ahora pronto, para terminar la guerra golpeando tú, te vas a morir sin que yo pueda hablarte. Muerta habrás ganado de nuevo, llevándote esa parte de mi historia que no sabe nadie más y que nunca quisiste contarme simplemente porque siempre te ha jodido que me vista de azul. Te vas a morir odiándome y me vas a dejar llena de un culpa inútil.

9 de abril de 2013

carlita

La señora carlita trabaja en rectorado de la San Martín. La usan para recortar avisos, artículos, menciones y todo lo que tenga que ver con universidad y prensa. Con su tijera tiene una pequeña mesita en medio de las secretarias y ahí se pasa el día. Yo odiaba esa oficina. Me costó semanas hacerme de un trabajo digno para estar ahí sentada en un metro cuadrado con una Pentium II haciendo nada. Una maestra del disfraz, pretender que se trabaja y no estar haciendo nada. Eso me volví y también me daba tiempo para tirarle comentarios ácidos a la secretaria robusta y lenta y pelear a gritos con el practicante que se sentaba al lado mío por razones que ni recuerdo. Todo lo contrario era carlita. A sus sesenta y quizás mas años, iba y venía con su tijera de lo más atenta. Entraba a diario a la oficina donde nos hacinaron a todos y nos saludaba uno a uno con besito. Era materia dispuesta para cantar feliz cumpleaños o entregar un globo rojo recién inflado a quienes entraban en planilla. Si hubiera habido espacio y tiempo, yo hubiera huido. Cómo odiaba esos besitos y el oya mamachita, al mismo tiempo. Venía a meter floro y monologaba un buen rato. Su esposo negro, la casa, el micro y el trasbordo en algún puente carretero a diario. Un día un chibolo que le roba el almuerzo. Dos, tres días. La señora carlita al cuarto o quinto día gritando desde abajo del puente: por lo menos déjame las galletas!!!, el chibolo sacándolas de la bolsa y lanzándolas sin éxito. Aplastadas por la combi, no para uno ni otro. A la segunda semana carlita en la oficina, oya mamachita, sus conversaciones a solas y en voz alta, feliz de haber preparado dos almuerzos, de llegar con uno a rectorado, de dejarle el otro en el puente a un chibolo que ahora llama su sobrino.

29 de marzo de 2013

anti quiere a alehop y alehop me quiere a mi



Anti -mis ojos- y yo estuvimos grabando cositas durante mucho tiempo en la cámara que Breno me regaló hace dos navidades. Llamamos a Alehop (que ha crecido un montón desde sus primeras apariciones en este bló) para que nos haga una musiquita ad hoc al estudio de movimiento que habíamos hecho. Al final hoy en la vida, son cosas así las que nos dan excusas para estar juntos. Quiero pensar que habrá muchas mas.

20 de diciembre de 2012

Picasso me perturba


Me molesta porque a pesar de que sé que me pone mal, voy de visita a una ciudad y si me entero de que hay una muestra, tengo que ir. Me molesta que sea una de las cosas que no puedo cancelar, que no alargo, a las que voy sabiendo. Me complican las etapas, que hayan tantas. Rosa, azul, cubismo analítico, sintético y hoy me complica Picasso en blanco y negro.

No me gusta su historia, me molesta repasar la historia de personas en base a lo que pasaba en su vida amorosa. Es por eso que me acerco pero no mucho a los nombres de los cuadros, porque en realidad me he descubierto alguna vez teniendo celos de Marié Therese o de Sylvette. Las he despreciado a pesar de envidiarlas porque cada vez que veo un perfil suyo en cuadro, cada vez que mujer echada jugando con gato pequeño, entiendo que les queda poco, que seguramente no volveré a verlas en la siguiente etapa o sala.

Odio el cubismo. Lo odio porque es como si alguien tijereteara la vida y representara la realidad en un collage caprichoso. Odio el cubismo porque estoy segura de que la realidad es un collage caprichoso y que el realismo no es más que una técnica que intenta suavizar los bordes de lo cotidiano.

Me jode Picasso por el claroscuro. Así, en una palabra el claroscuro. Me resulta insoportable pararme delante de un cuadro y sentir que a veces no ha levantado el lápiz del lienzo de inicio a fin. Me doy asco cuando me paro delante de las Acróbatas y las amo, cuando veo el Busto de una Mujer con los Brazos Levantados y pienso, ah carajo, ésto también sabía hacer. Pero lo que más odio de Picasso es pararme delante de un cuadro que no debería decirme nada y sentirme fatal. Me jode que me gusten algunas de sus obras pero odio a muerte la cabeza del caballo de Guernica, los ensayos de la cabeza del caballo de Guernica, el cuadro que vi ayer de una mujer y un pescador en el que ella llora o grita o está haciendo algo que manifiesta dolor y él está echado adentro de un bote pero afuera del agua y hay un niño en algún lado.

No puedo o está muy mal de mi, ir a ver una muestra donde me paro frente al lienzo y quiero ponerme a llorar de angustia, es cierto. Pero Picasso tampoco puede ni debe tirarme su guerra en la cara porque su guerra es la guerra de todos y está magníficamente plantada ahí en tonos de negro y gris y cuando uno la ve provoca tirarse al suelo a dejarse morir o salir a salvar el mundo para que nadie pinte nunca más algo como eso. Picasso me perturba.




2 de diciembre de 2012

Quizás el amor esté frente a las costas de Senegal


La carta más bonita me ha llegado hoy, llena de una rara humildad. Por qué te has acordado de mi ahora. No se por qué me detengo en los detalles pero estudio cada letra, una por una y la relación entre ellas en esta carta. El asunto del correo es por aquí no mas. Llega del mar, en una botella llamada gmail.

Como estas tu alla al otro lado del mundo? Como que te recuerdas de mi ahorita? Ya te mande mensajes por skype y que se donde a veces pero no habia contacto.

Cómo me he acordado de ti? No te he olvidado ni un minuto. Desde la primera vez que te vi  hace doce años después de un aviso de mi madre diciendo, hay un chico donde león que te va a encantar, hasta el último minuto que pasamos en la playa hace once, cuando yo ya tenía novio y vida y trabajo y no podíamos ser como fuimos hasta entonces. Habías llegado al norte no se cómo y te quedaste más de un año. Me contabas de Greenpeace y de barcos. Decías que en tu casa, cerca de Viena, había bien poco que hacer, que por eso te habías hecho al camino. Yo venía de regreso del mundo, había vivido en norteamérica y lo único que quería en la vida era pasarla al lado de un tipo loco como tu, a la orilla del mar. Eramos un poco chicos, no? Los desayunos, las comidas, los planes. Entonces Los Pinos-Zorritos era el universo y la geografía aún no se dividía en dos lados, uno tuyo y uno mío.

Llege esta manana a Mindelo, Cabo Verde, tambien llege a ser pirata de verdad, mi barco se llama Tres Hombres, si buscas vas a ver mucho....

Conozco la bandera de cabo verde. Es azul y la cruzan tres líneas. Una blanca, una roja y otra blanca. Sobre esas líneas un círculo compuesto por estrellitas amarillas. Cómo que me recuerdo de eso, Andreas? Pasé ocho años sentada en una oficina cuando volví a vivir a Lima y tu te quedaste construyendo con tus manos un hotel ajeno en la playa. Todos los días ocho horas sentada frente a un computador, totalmente vestida y con zapatos de tacón. Ahí descubrí Geo Challenge, un juego de países y banderitas en el que me desarrollé con maestría. Seguro el día que dejaste el Perú, yo estaba viendo las formas de los países y sus símbolos a escondidas de la jefa mientras tu te reunías con tus amigos para construir un barco y hacerte al fin, pirata. Tenemos un lugar en una parte que se llama El Pirata, te acuerdas? Lo bautizamos así porque el plan era que recorrieras el mundo en tu barco y luego volvieras a buscarme. Para eso yo tenía que haber conquistado esta parte del mundo y luego construír un enorme muelle frente a mi casa nortina. He visto tu barco, lo he visto mucho. Haces comercio justo, tienes un piano de cola en la panza de la nave. No he hecho el muelle, te lo digo con un poco de pena. No he podido todavía, pero te prometo que pronto.

Este ya es el fin de esta viaje para mi, regreso por la casa para estar con mi familia. Teniamos el ano mas duro de siempre. Mi hermana murio con 33 anos de cancer, dejando una hija de 3 anos y su marido loco de dolor como nosotros.
Este no es el fin del viaje para ti. Vas a volver a Austria un tiempo a estar con los tuyos. Me duele lo que cuentas, aunque no lo entiendo del todo. Cómo se siente que muera la hermana de uno, cuestiona demasiado, te hace volver a tierra firme?


Yo mismo estoy mas o menos bien, loco como siempre y al camino como siempre. Me recuerdo con alegria a los tiempos en Zorritos, espero que tu tambien, Quiero verte, por lo menos escucharte,
Yo misma estoy eso, mas o menos bien, loca como siempre y al camino como siempre. Me acuerdo de Zorritos, del día que bailamos salsa hasta entrada la mañana, cuando se me ocurrió jugar a cargarte y caí al suelo de cara. Me partí el labio y tuve la cara morada semanas –para escándalo y chismosería de los vecinos- pero en ese momento sabía que no había forma de parar de bailar y tu bailaste conmigo -mientras yo chorreaba tímidamente sangre- porque sabías que era lo que había que hacer. Todos los días a la orilla del mar haciendo planes, todos los días cambiando de planes con el pirata vienés. Te estoy viendo y te estoy escuchando. He pensado varias veces dejarlo todo y hacerme a la mar con ustedes. Cargar ron en República Dominicana, llevarlo a otro continente donde carguemos tabaco en rama. Aprender a tocar piano y bajar de copas en todos los puertos.

Un día te sorprendo porque tengo mil ganas de verte, un millón. Vendo todo y me planto frente a las costas de Senegal a esperar el Atlantis. No tengo fotos de cuando anduvimos juntos e imagino que tu tampoco. Todo lo que tengo cabe en la memoria y  dentro del celular. Todo lo que tu tienes viaja en un barco construido a mano y flota. Gitana, me decías.


Aqui estoy, navegando sin parar con raizes in cada trozo de tierra y una lagrima en cada océano,te mando un beso,Andreas

El beso ha llegado y lo mando de vuelta. El muelle puede esperar.

4 de noviembre de 2012

1980


Por el color de los recuerdos imagino que debe haber sido alrededor de ése año. En la casa estaban todos, cada uno en lo suyo. Por alguna razón decidí que era momento de salir a conocer el mundo. El mundo, como sabes, no se conoce cruzando la avenida Arenales de la mano de tu abuela, ni yendo a pie a Berisso los domingos con tu abuelo a escuchar las conversaciones de los viejos. El mundo se conoce probando todo, saliendo de casa a la mala a enfrentarte a la gente y los autos sin ningún miedo. Como no se cuánto tiempo esté fuera y para siempre es una opción, pongo la ropa que me gusta sobre la cama y luego hago un atado con el cubrecama de snoopy. Dejo el atado sobre la cama y salgo del cuarto a darle una última mirada a todo.

Mi abuela en el cuarto, se retoca el peinado. La luz es especial porque el cuarto de los abuelos tiene un balcón interno que da al patio. Mi abuela no sale casi a ninguna parte pero siempre está vestida como para asistir a una fiesta elegantísima. En el cuarto de al lado Giovanna hace algo, probablemente cortar una nuez con una Gillette en miles de pequeñas obleas que irá comiendo a lo largo del día o alguna de esas cosas que ella hace. Al lado del cuarto de Giovanna queda El Cuarto de Guitarras, que se llama así porque en algún momento había ahí guitarras, pero ahora están los enormes equipos musicales de mi abuelo, sus cintas y parlantes. El abuelo con sus lentes de pasta ancha está ensimismado dentro de los audífonos. Mi madre, en el baño. Un poco de pena no verla por vez final, pero ya tendré tiempo de recordarla en mi nuevo hábitat.

Voy a mi cuarto y tomo el equipaje. Esta es mi historia como tenía que ser. Bajo la larguísima escalera haciendo un esfuerzo enorme porque ningún peldaño de madera cruja, y lo logro. Llego hasta la puerta de calle, un nuevo reto que enfrentar porque la puerta tiene una campana que suena cada vez que alguien sale o entra, pero ya estoy aquí y salir, salgo.

Tengo cinco años y estoy del otro lado del umbral de mi casa de siempre, del único sitio que conozco, cargada de un atado de ropa y nada más. Estoy en piyama y soy libre al fin. Es el momento de tomar decisiones, qué países conocer, con qué gente interesante andar. Lo primero, hacia dónde emprender camino. Las posibilidades son, a la izquierda la Arenales hacia Lince, a la derecha la Arenales hacia el Centro. Tomo la derecha y camino con cuidado. Me pregunto si en la casa ya se dieron cuenta de que no estoy y piensan que como siempre, estoy escondida en algún lado disfrutando de verlos buscar desesperados. Hace un año dejaron de ponerme el cascabel en la ropa que servía para ubicarme cuando les hacía esa broma. Pobres, cómo será su vida sin mí.

Sigo frente a la fachada de la casa, en la vereda. Miro hacia la ventana de Giovanna a ver si está mirando hacia afuera y no. Miro la ventana del cuarto de guitarras e intento escuchar los gritos desesperados de todos Carlita, Toli, Cholita, pero no escucho seguro porque pasan los microbuses y hacen bulla. Se que sufrirán al inicio pero después retomarán sus vidas como son, las quejas en los almuerzos, los porca miseria, los adornos navideños. En fin, esto ha sido todo.

Al lado de la casa queda la casa de las señoritas Vinatea que comparten pared con el cuarto de guitarras y por las tardes hacen algo –no se qué- y el cuarto de guitarras huele a berrinche por culpa de ellas, dice mi abuela. Paso por su fachada hacia la esquina. Cuántos pasos he dado, quizás treinta? No se cuánto ha pasado desde que me fui, un ratazo seguro. Llego a la esquina.

Hacia la izquierda el parque Habich, hacia la derecha El Tambo y el cine Roma. Los dos extremos son hasta donde conozco. Pasado el Tambo no se qué hay, menos pasado el parque Habich. Lo bueno es que ya deben estar en la casa llamando a la policía y saliendo a buscarme como desesperados y cuando me encuentren estarán felices de verme viva y es probable que hasta me compren apanado de pollo con papas en una caja, del cafetín de la esquina. Es cuestión de tiempo que me encuentren, pero al mismo tiempo qué lata enorme que me encuentren justo ahora que estoy por conocer el mundo sola, sin que me digan qué hacer. Seguro uno de los vecinos ya me está viendo y preguntándose, qué hace la niña sola en piyama parada en la esquina. Si los veo, correré hacia el Tambo y me esconderé en el estacionamiento hasta que se vayan y retomen su historia porque la mía está en la calle.

No viene nadie. Me asomo un poco a tratar de verlos gritar por las ventanas pero veo las ventanas de lo más bien y sin gritos. Tengo un poco de miedo, mucho miedo, me cago de miedo. Odio las esquinas que me obligan a decidir. Espero un rato que parece eterno hasta que se me empieza a mover de modo involuntario el labio de abajo, avisando que voy a ponerme a llorar. No debo llorar, no debo temer, ésta es mi vida.

Bah, giro un poco y sigo caminando. No pienso, no siento. Subo tres escalones de una casa, trepo la base de una columna hasta alcanzar un timbre y lo toco. Veinte segundos después, un anciano abre la puerta y dice –Mono, adónde estabas?, paso al lado de mi abuelo y le digo –Nada, se me cerró la puerta.

Esa noche comimos tallarines verdes y nos quejamos de que tenían demasiada sal. Mi abuela, que era quien cocinaba dijo en tono sarcástico –Lo siento mucho, la cocinera salió de vacaciones hace varios años. 

13 de octubre de 2012

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Yo soy la mujer que volvió a tu casa a la tarde siguiente, recorriendo el camino de memoria aún cuando había llegado muy tarde y muy estropeada y me había ido muy temprano y a escondidas. Volví para ver si me mirabas con la misma cara que antes de las primeras copas y casi siempre, me mirabas con esa cara hasta el final. Soy la que un día se despertó sin saber dónde estaba –y con una vaguísima idea de con quién- y tuvo que enfrentarse a la mirada de tu gato gris, el juez de la casa que me siguió hasta el baño haciéndome sentir sospechosa. La que dejó –te lo juro que por error- el arete rojo enorme que sobrevivió solitario hasta la mañana porque su hermano de la oreja izquierda salió volando por la ventana del taxi hacia la vía expresa puente Isabel la Católica cuando ya nos estábamos besando para sorpresa de los amigos que compartían la movilidad, esa soy pues. En mi casa cuelga un cuadro que hiciste con el arete y no quisiste vender en la galería.

Yo soy la que te mandó un mensaje de texto después de la primera salida diciendo, dime si estamos saliendo para hacernos buenos amigos, quiero despejar dudas. La mujer que creíste que te engañó con su mejor amigo, pero no te engañé ni se trataba de mi mejor amigo. Era sólo un amigo y no te engañé. Soy la que llamaste cuando estabas con tos y fue a verte. La que te vio enfermando cada vez más, la que se coló en cuidados intensivos diciendo que era tu novia y no era.  La que le hacía chistes a tu papá en tu velorio y fingía ponerse celosa de las demás viudas, para no dar pena.

También soy la que te conoció en navidad y le gustaste y cuando dijiste que ibas a Máncora por año nuevo, dijo qué casualidad, yo también. Soy la que tuvo que explicarle a su madre por qué se iba un treinta de diciembre en un tepsa sola, a caminar por las calles del norte hasta encontrarte y conseguirte. Soy la que después de que te perdieras entre las piernas de una actriz, te perdió en la boca de un tipo que era tu tocayo.

La que admirabas y perseguías y tuviste. De la que te hartaste y la que volvió a decirte que te amaba ahora, que le des una oportunidad más y luego te llevó al fin del mundo a matar culebras, viaje del que no sobrevivimos y sobrevivimos.

La mujer con la que viviste solo en medio de un paraje desértico era yo. Con la que tuviste un perro negro, la que no se peinaba ni usaba zapatos. Talón de loco, era yo y espero que te acuerdes. La que te pidió que te rehabilites por ella y no lo consiguió. La que encontró loggeado el mail de la mujer que hacías entrar a la casa cuando yo trabajaba –esa otra que seguro destendía mi cama y la volvía a tender-, la que preguntó, la que se fue.

Yo soy la mujer que pretende no tener miedo, pero que tiene miedo. Un huevo de miedo. La que hace lo que le parece, a la que tú dices tener miedo de responder. Si claro, soy el volcán furioso y soy Bolognesi y quemo el último cartucho. Soy la que cuando quema el último cartucho y no gana la guerra, se quita un peso de encima.

5 de septiembre de 2012

la casa de los secretos

emoción. emoción enorme porque las cosas van marchando bien y a mil por hora. emoción ubérrima porque nada podría haber salido mejor. estamos nosotros y están ellos, cuál emoción será mas importante, chico del perú? yo con las manos locas y los dedos comidos, quejándome por el exceso de maquillaje o ellos preguntándose si todo sera un éxito o si apostaron mal? las manos me pican como si millones de hormigas caminaran jugando por las yemas de mis dedos, tengo nervio gigante y todo está amplificado. cómo es la vida más allá de esto? tu que lo sabes cuéntame un poco. cómo se va al supermercado si no es en piyama, cómo se responde a la mujer que te desea suerte? qué se le dice al periodista, como se contesta para no iniciar un escándalo?
estamos aquí esperando que todo salga bien. dime que todo va a estar bien.