14 de junio de 2011
Esto me pasó
the motorcycle man
Dave sale de su taller, se sube a la moto y conduce relajado por Albany St. No son aún las siete de la mañana pero ha pasado la noche despierto repasando lo malo, pensando una vez y de nuevo en su vida anterior, en Kate y el amor, en Dave Jr. y el amor, en el puto crack y la adicción que le arrebató el amor de todos. Para no torturarse más de lo necesario pulió el tanque de una Harley Bobber en la que ha trabajado meses, de dos a cuatro y treinta. Una vez terminada, si consigue los faros en algún lugar de Norteamérica, la va a vender y con ese dinero vivirá algún tiempo y armará otra moto de colección que pueda vender y con ese dinero vivir algún tiempo, mandar cheques a la ex mujer y el hijo, recuperar un poco de dignidad delante de ellos y con suerte un poco de amor.
De cuatro y treinta a cinco y treinta ha hecho pesas sin parar. Dave lleva la cuenta en voz alta para exigirse cada día más. Llevar la cuenta hablando fuerte es un método que aprendió en la rehabilitación y una forma de sentirse acompañado. Cuando escucha su propia voz pretende que escucha la voz de otro, se sale un poco de si y se ve como quisiera que su familia lo viera a pesar de que no lo ven hace mas de tres años.
A las cinco y treinta fuma el primer cigarrillo y fuma nueve mas esperando que amanezca del todo. Hay un placer extraño en cada encendido de mechero, en cada calada, en cada colilla que se apaga. Ahora va por Alabany y toma Garden St. Parkway, acelera un poco para probar la moto y avanza una milla, dobla en N. Midland Ave, avanza algunas cuadras y estaciona frente a la cafetería de a diario. Entra y se sienta en la butaca de siempre frente a la barra con forma de U a esperar que aparezcan Mary o Katerina y le sirvan el desayuno. En la radio de Gus´s Grill suena Marc Anthony, son las seis y trenticinco, huele a pan tostándose en la plancha y a café recién pasado.
Sale el ruidoso Gus de la cocina, siempre con una gorra distinta y con su alegría agresiva.
-Mi buen amigo Dave, como están las Harleys hoy!
-Igual que ayer, Costantino-intenta responder en el mismo ánimo- dónde están las chicas?
-Tenemos noticias, Mary se jubiló. Aparentemente tiene que cuidar a una tía vieja en casa y renunció ayer por la tarde. Tenemos a una nueva en entrenamiento, ahora está con Bill en la cocina viéndolo preparar el desayuno.
Dave sigue la perorata de Gus sin interés. Mary era la vieja que atendía en el lugar y bueno, dado que el iba a diario tenía que pretender que la historia del dueño era de algún modo relevante. La rutina le da estructura, el trabajo le da estructura y el ejercicio le da estructura.
-Mary, la extrañaremos –dice mientras se queda viendo un afiche de Larissa, algo que parece ser la isla griega donde nació Gus.
-Es difícil encontrar nuevo personal. Todos quieren hacer dinero con el mínimo esfuerzo. Si al llegar a este país yo hubiera pensado lo mismo, no estaría donde estoy. Ahora, a trabajar unos años más y jubilarme.
Atraviesa el portal entre la cocina y el salón una mujer con pelo oscuro. Dave la mira y piensa que es nativa americana o india o hispana. Tiene pelo largo y unos veinte años. El delantal azul cubre casi todo su cuerpo y solo deja ver unas mangas blancas y un jean, de la rodilla hacia abajo. Se acerca a la barra desde el interior, ve al tipo tatuado hasta las muñecas, respira y habla por primera vez.
-Buenos días, qué puedo traerle?
En el acento Dave nota que es hispana y que tiene miedo. Las manos le tiemblan y lo queda mirando impresionada. Entonces Gus encuentra que es el momento indicado para interrumpir a gritos.
-Es la nueva, se llama Sandrita. Sandrita, él es nuestro buen amigo Dave, el hombre de las motocicletas.
Sandra la peruana sonríe por obligación. Tiene miedo de usar el idioma y evidenciar la falta de uso. Se toma las manos a la altura del estómago buscando que dejen de temblar de una buena vez. En los pellejos delgados y tatuados de los brazos del cliente se dibujan tribales y letras que no puede leer para no parecer demasiado interesada.
-Tomaré mi desayuno usual. Sabes qué me sirve Mary todas las mañanas? Tres tostadas de pan de centeno y claras de huevo revueltas. Ah, y un café en tazón.
-Ok, con azúcar?
-No linda, soy lo suficientemente dulce.
Sandra sonríe una vez más por obligación, escribe el pedido en un papel y sale a preguntarse dónde diablos están los tazones grandes. Vuelve en un minuto con el café hirviendo y lo pone delante del tipo.
-Aquí vamos-dice exactamente como ha escuchado que Katerina, la moza checa, le dice a todos los clientes cuando les entrega el pedido.
Dave toma la taza complacido y la pone justo debajo de su boca. Con la mano izquierda se acaricia el mostacho rubio y sonríe.
-Sandrita, como Velvita.
Como la peruana ha llegado a vivir a Nueva Jersey hace muy poco, no sabe que Velveeta es un queso fundido que comen los gringos a veces. Igual sonríe para caerle bien y simular complicidad. Marc Anthony sigue ahí
oh, this day seems made for you and me
and you showed me what life needs to be
yea you sang to me, oh you sang to me
A las siete y veinte de la mañana, la peruana prepara la cuarta jarra de café de su vida y aún no ha roto nada. Dave el hombre de las motocicletas paga 4.50 mas taxes, deja un dólar de propina y se va. El primer dólar.
6 de junio de 2011
cap I
Nos vamos muy lejos. Casi te he obligado a que nos larguemos porque Lima no es la misma, ya no la quiero, por donde voy respiro el mismo aire que esa perra maldita. No olvido y entonces me voy para olvidar y dejo todo, pero te llevo como trofeo. Te llevo únicamente para demostrarle a ella que no te tiene, para que cada vez que camine por Lima, que vaya en un auto, que se vea en una foto, sepa que no te tiene, que te tengo yo. Has vuelto y yo soy feliz porque te recupero, pero te digo que no quiero estar mas en Lima, mas en Chorrillos, que todo me recuerda a ella, que todos son caminos que recorrí sangrando mientras tú estabas en su cama, al lado suyo, adentro de esa zorra mientras yo caminaba desangrándome por todos lados, tocando la puerta de la que fue nuestra casa sin que me dejaras entrar. Pero regresaste y como yo mataría por ti te recibo, pero te digo que nos larguemos, que nos vayamos lejos, que solo la distancia conseguirá que me olvide de todo. Entonces te entregas y compramos dos pasajes a Newark Nueva Jersey. Por eso nos fuimos.
12 de mayo de 2011
entre 8 y 9
Levantarse, arrastrarse hasta la cafetera y tratar de efectuar la operación del café de manera coherente. Primero el agua, luego el café, luego poner la tetera en la máquina, luego on. Prender un cigarro pensando que es el último pucho del día. Ver el segmento de deportes del noticiero, luego parte de espectáculos. Tomar un poco de café y verse al espejo. Quitarse el rímel corrido de anoche con toallitas húmedas huggies que fueron hechas para traseros infantiles pero se usan también para desmaquillar cacharros maduritos. Prender la ducha, pesarse y deprimir. Siempre, esto es muy importante, cerciorarse de que haya toallas a la mano. Entrar a la ducha.
Jabón, champú del mejor que puedas, reacondicionador, aceites de maracuyá o de lo que se lleve ese día, jabón para la cara, pensar. Sentir cargo de consciencia por bañarse tanto rato, apurar el final de la ducha, siempre dejarse un poco de jabón en el brazo izquierdo a la altura del codo. Salirse.
Chequearse las uñas de las manos, las de los pies, buscar que no hayan pelos evidentes. Darse un par de vueltas en el espejo a ver si el último tratamiento y la dieta y la balanza son benevolentes. Peinarse. Primer plano de uno en el espejo viéndose los dientes, cepillado de los mismos, vuelta a ver que brillen bien. Chequear las ojeras, en caso las hubiera, intentar taparlas con las mentiras que se guardan en el kit de maquillaje. Desodorarse para luego echarse algo que huela ajeno. Vestirse de acuerdo al humor.
Abrir la puerta de la casa y salir con actitud de que a una no le importa nada.
2 de mayo de 2011
1 de mayo de 2011
juan pablo 88
La gente grita dentro del salón dorado, hay un ambiente enrarecido y tenso. Yo tengo puesta una camisa blanca y una falda escocesa con varios imperdibles enormes, zapatos chatos y un pelo horroroso producto de una permanente que me hice esperando dejar de ser yo. Tengo claro que no estoy vestida para la ocasión, pero no he hecho ningún intento por ser adecuada sino todo lo contrario. Me molesta estar ahí, me estorba esa situación como me estorba todo porque tengo trece años y sólo quiero escuchar mis cassettes, grafitear mi cuarto, hacerme huecos en las orejas con agujas y un hielo y conseguir escapar de los adultos para ir de 9 a 11 a la calle de las pizzas a reunirme con mis amigos de aspecto maleante. Todo el resto apesta; el palacio, las señoras de los ministros, la algarabía cristiana.
La esposa de un alto funcionario llega con una canasta llena de panes. Es una canasta gigante decorada con lazos blancos y flores amarillas. Los panes son rosetas, populares, toletes, hay de todo. La mujer tiene a su hija enferma, escucho que se llama Salma. Repito Salma en mi cabeza muchas veces y el nombre consigue que me aparte un rato del tumulto. Ha traído los panes para que Juan Pablo los bendiga y entonces su hija los coma y sane, porque sólo el papa podría conseguirlo. Minutos después otras señoras y gente de protocolo consiguen quitarle la canasta y con eso la esperanza de que la hija sane, porque no es protocolar recibir al papa con una panadería andante, porque tenemos fe, pero no tenemos paciencia, ni compasión y todo debe verse perfecto.
La llamada de Mirtha avisando sobre la visita del papa nos tomó por sorpresa. Estábamos Giovanna y yo en la casa y recuerdo haber colgado el fono y dicho que de ninguna manera me prestaría para lo que llamé “esa farsa”. Era mayo del 88 y yo ya no creía en nada o pretendía no creer. Era una adolescente problema o una adolescente tipo, no me queda muy claro. Mi madre estaba en Amsterdam y yo había quedado al cuidado de mi tía más católica. Mi negativa puso los pelos de punta a toda la familia. Algunas llamadas de larga distancia más tarde, mi mamá me convencería de que estaba en una posición privilegiada y no sé qué más. Prometió comprarme cosas, creo.
Con los panes fuera de la batalla, la espera desespera. Estamos en el salón dorado y hay cientos de personas, funcionarios, familiares de funcionarios, seguridad, curas por todos lados. Yo no quiero, no tengo ni un ápice de interés por el papa. Ya antes había muerto por verlo y no se dejó ver, pasando desapercibido delante de mí en el 85. Todo el tiempo pienso que en ese entonces hubiera dado la vida por tenerlo cerca, por tocarle una puntita del hábito. Pienso que yo no debería estar ahí, sino mi abuelita o la propia Giovanna o finalmente los panes de Salma, pero no yo.
Entramos a la antesala del despacho de mi papá donde él conversa en privado con el papa. Es un lugar donde sólo están los elegidos y alguna gente de seguridad. Alguien sapea y hace una cuenta regresiva. Dicen en 3 minutos saldrá el papa. Entonces yo entro en trompo y me quiero largar a toda costa. Me voy arrimando piolita hasta la puerta que me devolvería al salón dorado. Tengo pensado escapar a una de las habitaciones de la residencia y luego volverme a mi cuarto a escuchar música a todo volumen, salvo que Juan Landázuri me bloquea. Le digo que quiero ir al baño, la mentira más a la mano. Me dice que no, que falta minuto y medio para que salga el papa. Le digo directamente, me hago la pila y amenazo con hacérmela ahí. No. Se abre una puerta y sale el papa peregrino.
A una chica en esas circunstancias vienen los adultos y la educan en cosas raras. Ya mi hermana y yo habíamos ensayado payasamente cómo hacer una venia y luego besar la sortija papal, una, dos, cien veces. Cuando el papa estaba en frente mío, yo no podía dejar de sonreír. Escuchaba como en otro plano que mi papá le decía es mi hija Carla, la primogénita, pero no atinaba a hacer nada, salvo hincarme torpemente y besarle cualquier mano. El dijo, Carla, y después estuvo preguntándome como tres cosas pero yo no contestaba porque todo pasaba en otro plano y no entendía su español esforzado. Preguntó qué estudiaba mientras me acariciaba la mano y como no dije nada y me limitaba a sonreír como boba, mi papá le contestó que estaba en el colegio. Me hizo una crucecita en la frente y pasó a saludar a los que estaban a mi lado.
Yo ya no creía en nada, te lo juro, pero el viejito traía encima la fe de un pueblo, la fe de mi familia, la posibilidad de que alguien no muriera y se notaba apenas entró a ese cuarto. Su ropa blanca estaba gris de la cantidad de manos que habían conseguido tocarlo, pero igual se le veía blanquísimo y francamente buena onda. Por eso me inscribí para recibir la comunión de su mano al día siguiente en la Plaza san Miguel. Para verlo de nuevo, para tenerlo cerca un ratito. Tengo trece años y ya no tengo fe, tengo intuición, soy un animal de instintos.
Es cierto que fui al día siguiente a la misa, pero no pude perpetrar mi esperado sacrilegio. Hordas de jóvenes cristianos resguardaban todo en llamadas cadenas humanas. Soleaba esa mañana. En el momento de la comunión, justo cuando la chibola hereje se disponía a subir, la señora Violeta Correa, que estaba detrás de mí parada viendo atentamente la consagración, sufrió una especie de desmayo. Como todos estaban extasiados en la misa, yo fui la primera en notar que la ex primera dama estaba por caerse al piso, moví mi silla para sujetarla y entonces se armó un barullo de auxiliares que empujaban a la gente para socorrerla. Ya con la mujer asistida, volteé y la comunión había terminado.
ps: acabo de encontrar esta foto.