1 de octubre de 2009

el estigma de chip

Tengo semanas encerrado. No sé bien qué he hecho pero recibo castigo rodeado de barrotes, vivo literalmente dentro de una jaula de metal. El que me acompaña no dice nada, se pasa el día ejercitándose como si tuviera algún plan. Ha llegado hace muchos días y tiene un aire al anterior. De hecho, los poderosos lo llaman como al anterior.

Durante el día intento no moverme mucho porque me sé observado. El otro le da vueltas a la rueda y duerme en la esquina que le he dejado. En una esquina el nuevo, en otra el lugar de comida y bebida, en la tercera la rueda y en la cuarta duermo yo casi todo el día.

Los poderosos me alimentan con bastones anaranjados que introducen por los cuadrados que se forman entre las rejas. Yo recibo la comida y la escondo bajo la viruta, que aunque huele terrible a orines, me permite separar mi comida de la del otro. El otro recibe los bastones naranjas, los devora veloz y luego esconde la masa dentro del buche. Ese es un espectáculo que gusta mucho a los poderosos.

No entiendo muchas cosas. Durante el día tengo sueño y me ando con cuidado. Hay días en que los poderosos abren la puerta de mi prisión y me sacan para interrogarme. He llegado a reconocer a una poderosa de menor tamaño al del resto que me sostiene entre sus enormes manos cada cierto tiempo. He sentido ganas de atacarla varias veces, pero algo me dice que el suministro de bastones anaranjados depende de sus designios. No siento nada por ella, como no siento nada por el otro, ni por el día, ni por los bastones que guardo debajo de la madera hedionda. Sólo espero.

Mientras hay luz guardo energía y cierro los ojos. Repaso escenas que no reconozco pero que siento que he vivido, varias veces. Repaso y siento que he vivido varias veces lo que repaso una y otra vez. El nuevo esconde la pasta de bastones en los cachetes, corre girando en la rueda chirriante como si necesitara mantenerse fuerte. Yo que tengo mucho tiempo dentro, sé que hay que mantenerse alerta. Esperar a que la luz baje, a que los poderosos se alejen como todos los días y entonces comenzar el ataque.

Asustar al nuevo, amenazar al nuevo, correr detrás del nuevo. Hacerlo gritar una y otra noche durante horas. Así días, hasta que los poderosos ya no escuchen los gritos. Entonces hacer lo mismo que con el anterior Dale y el anterior, al que también llamaron Dale. Finalmente limpiar las pruebas, esconderlas debajo de la viruta. Descansar, esperar a que despierten los poderosos y cuando se acerquen actuar de manera normal, como si en esa jaula siempre hubiera habido una única ardilla. El resto es esperar unos minutos a que traigan al nuevo y lo bauticen como a sus predecesores, rápido antes de que la poderosita se despierte.

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