4 de diciembre de 2011

sucio viejo griego


Entrando al local y detrás de la barra, hacia la mano izquierda, queda la cocina. Es un espacio pequeño en el que hay un horno, una plancha para calentar cosas, seis hornillas, un mesón para cortar, dos microondas y un mueble donde se conserva la comida caliente. Por donde deberían moverse las cabezas de los cocineros hay dos microondas, muebles con condimentos y cajas. No es impecable ni mínimamente limpia: tampoco hay cocineros sino Bill únicamente.

Bill ha acumulado todos los años del mundo. Es un viejo de tamaño normal y volumen grueso que siempre está vestido de cocinero. La facha lleva una camisa de chef que alguna vez fue blanca, un mandil muy embarrado de manos y de un color que evoca salsa de tomate o algún otro ingrediente rojo. Lleva puesto jeans viejos y zapatos negros con suela de goma del tipo de zapatos que los jubilados usan desde el día en que dejan el trabajo. Sobre el pelo blanco y pegajoso usa una gorrita blanca. Tiene bigotes y debajo de éstos, cuatro o cinco dientes comidos por el tabaco.

Ha dicho Gus alguna vez que no puede despedir al viejo cascarrabias. Todos recuerdan algo así como que cuando el llegó de Grecia a la América Bill era el dueño de un restaurant muy elegante en Nueva York, con más de treinta mesas y manteles blancos que llegaban hasta el suelo. Cada mesa era atendida por un mozo impecablemente vestido y el local era visitado por las estrellas de los 60s. Pero luego Bill empezó a jugar - primero con los amigos y luego en casas de juego clandestinas- para luego empezar a perder y con eso las ganas de beber y entonces para pagar las deudas tuvo que cerrar, conseguir un trabajo aquí y otro allá porque todo iba decayendo en la vida de Bill salvo las ganas de tentar al azar. Hasta que un día hace más de quince años el joven Gus, que un día fue mozo del restaurant del viejo en los buenos años, lo encontró nuevamente y le dio la posibilidad de trabajar en esa cocina de cinco metros cuadrados.

Bill se llama Bassili y ya no se acuerda cuándo llegó de Grecia hasta Nueva York. Recuerda que en el 58 abrió Bill´s y que todos en La Gran Manzana conocían su fasolada y su moussaka pero no sabe exactamente en qué año quebró ni cuándo su mujer empezó a olvidar las cosas poco a poco aunque sabe que fue mucho antes de que le diagnosticaran alzheimer hace diez años.

Un día normal el viejo se levanta a las 4 am, se baña o no dependiendo del clima, se enfunda en la ropa de anoche con o sin saco dependiendo del clima y sale fumando a enfrentar el clima mientras espera un bus en la parada. Viaja media hora hasta llegar a Saddlebrook y toca el timbre para bajarse justo en la puerta de la ladrillera que queda frente a Gus´s Grill. Cruza la pista sin mirar y entra con la cabeza hacia abajo para no saludar a nadie. Cuando llega sólo están Gus y su esposa Georgia en el lugar, el pasa por la derecha de la barra hacia el almacén y saca de un perchero la camisa de chef que se lava una vez cada tres semanas. Se pone la camisa, el mandil y el sombrero. Toma el pasadizo que lo dirige del almacén a la cocina. El viejo camina lento y torpe, intenta avanzar lo más posible sin dar un traspié pero tropieza y se enreda cada ciertos pasos.

En la cocina prende la parrilla y espera las primeras comandas. Normalmente tiene la palma de la mano quemada porque hay veces en que tropieza y cae de manos sobre la cocina. Algunas veces tiene un dedo envuelto en papel servilleta o una gasa sujeta con cinta de embalaje al brazo, porque le pasa frecuentemente que se corta con los bordes de los antiguos muebles de metal. Esconde en el mandil fetas de jamón que roba del almacén y va comiendo a lo largo del día.

Bill tiene dos manías; se frota las manos grasientas hacia arriba y abajo del mandil durante todo el día. Arriba y abajo, arriba y abajo, es su primera manía. La segunda es que le gustan las mujeres, de cualquier color y edad, le gusta respirarles relamiéndose cerca.

12 de noviembre de 2011

the zorritos chronicles


Hay un pájaro que hace un sonido idéntico al de un hombre en la esquina cuando ve pasar a una mujer. Fuifuiu. Hay uno que siempre pasa caminando y que no he visto volar más de unos pocos metros, que da pasitos y mueve la cola de arriba hacia abajo. Es marrón como a vetas y después de andar salta y se trepa en la rama de un algarrobo a escoger por dónde seguir andando. Ese pájaro no canta pero sus saltos hacen sonar las hojas secas que cubren el suelo, haciendo crac crac crac. A pesar de que nunca he visto una paloma por la zona, se escucha el motor de las cuculíes por todos lados rú rú rrrr. Muchas veces me he quedado pegada viendo las copas de los árboles para descubrir sus nidos y lo único que he encontrado son enormes colmenas de avispas que parecen abrazadas a las ramas.

El sistema sonoro se enciende a las 5:45. Fuifuiu, crac crac crac y rú rú rrrr se empeñan en amplificarse para que a las 6:15 como máximo ya estemos despiertos y viéndonos las caras de desvelo y de grandes posibilidades de empezar a discutir desde temprano.

Nos hemos escapado de lima, no es la primera ni la última vez que lo haremos. Esta sin embargo, ha sido la más larga. Tenemos una casita pequeña y una casa grande entre los árboles, el mar a nuestra disposición todo el día y un perro en común. Hemos decorado la casita todo lo posible y a la hora del almuerzo vemos –mientras peleamos con una antena de conejo- una telenovela colombiana llamada Pobre Pablo. Pusimos un bar en la carretera y hasta tenemos un socio que huyó de lima al mismo tiempo que nosotros, que es quien llega por la puerta que da a la terraza justo hoy por la mañana.

Entra, tomamos algo de desayuno creo y luego pasa a hacer eso que hacemos casi todo el día, hablar de las cosas del pueblo.

-Sabes lo que les pasó a las Chawas?

Las Chawas son unas señoras que con sus hijas viven a 200 metros de mi casa por la línea carretera y justo en frente de la casa de mi socio el Alexis. Afuera de la casa, viendo a la panamericana norte, tienen el algarrobo más alto y viejo del barrio del que han amarrado un par de hamacas y al que usan de sombra para sentarse a mirar los buses ir y venir y charlar con los vecinos. El algarrobo de las Chawas es el ágora del barrio Los Pinos.

-Una chiquita se les cayó en un canal. El canal estaba seco pero la niña se ha golpeado fuerte la cabeza y no la han atendido en Tumbes, por lo que están haciendo una rifa para conseguir plata y llevarla a ver al hospital de Piura.

-Cuál es la niña?

-No sé, pero ya doné un saco de arroz para los premios. Si puedes ayúdalas, yo me he ofrecido a llevarlas hasta Piura.

Piura queda horas más al sur. La familia de Alexis tiene sembríos de arroz en la zona y noto que ha hecho todo lo posible por solucionar el problema de sus vecinas. Me apunto entonces.

-Diles que les compro rifas. Que me busquen en un ratito por el mercado.

Nos separamos, el día avanza lento. Entre levantarse, hacer las cosas de la casa y salir a hacer el diario al pueblo, hay como cinco interminables horas. Me preocupa la chawita, aunque no la conozco ni se de cuál es hija y francamente no sé cuál es la chawa principal ni ubico a sus ramificaciones. Vecindad es vecindad y en este pueblo todos sabemos lo de todos.

Hace calor, demasiado calor. No corre viento, todo se queda estático durante siglos. La acción no es una posibilidad. Reflexión, observación, breve análisis, si. Por eso las veces en que Diego y yo discutimos y él se fue como si hubiera mucho a dónde irse, sólo tuve que esperar algunas medias horas, salir a la pista, parar un mototaxi y preguntar. Cualquier mototaxista del pueblo podía contestar algo tipo: lo han visto meterse al mar a la altura del grifo, andaba molesto dicen. Igual las veces que yo me iba al mercado a hacer tiempo para que la tormenta pase, los vecinos comentaban: ahí pasa la Carla con mal semblante, qué le habrá hecho el Diego para que esté así.

Ya estoy en el marcado cuando se me acerca una chawa.

-Carlita, me ha dicho el Alexis que nos vas a colaborar con unas rifas.

-Claro, cómo está la niña?

No he acabado de decirlo cuando aparece una niña de seis años saltando de una de las maneras más alegres y sanas que he visto en un infante. Entonces la chawa la toma del hombro y la pega contra su pierna para que la niña detenga su demostración de salud y sigue.

-Está malita. Queremos llevarla a Piura para que le hagan una radiografía porque no se sabe bien si algo tiene roto, perdió el conocimiento mucho rato y no vaya a ser que empeore.

La niña ya se dio cuenta o la madre le está clavando las uñas, lo que sea pero ya no se mueve mucho y acaba de poner cara de dolor.

-A cuánto sale cada boleto?

-Cinco soles.

-Toma cien soles, dame veinte.

La mujer toma el billete y suelta a la niña que se va volando alegre como una mariposa entre los kioscos de verduras del mercado de Contralmirante Villar, da media vuelta y empieza a irse. Yo la detengo.

-Y mis rifas?

-Ah sí, Carlita, te las llevo más tarde a la casa que aquí no traigo el talonario…

Vuelvo a la casa. Preparo pescado frito y mientras espero que el arroz se termine de hacer, me baño en el mar. Caminando entre los árboles, los pájaros me silban como si estuviera preciosa y es probable que lo esté porque tengo veinticuatro años, una vida apacible, un novio guapísimo y un perro especial. Vivo en el paraíso sobre el que dispongo la mesa para almorzar. Suena marley en un tocacassette, oh please, don´t you rock my boat, cause I don´t want my boat to be rocking.

-Seño Carla!

Escucho un grito. Salgo a la puerta trasera para ver quién es. Aparecen caminando la chawa del mercado y otra chawa, traen un bulto que me asusta, cargado. Antes de llegar a la puerta empiezan a explicarme algo.

-Ya hemos hecho la rifa, ganaste el primer premio.

-¿?

-Un saco de arroz.

-El saco de arroz que donó Alexis?

-Si.

El saco de arroz estaba envuelto en papel de regalo. Con la absoluta seguridad de haber sido la única que compró tickets inexistentes de esa rifa para la cual mi socio fue el único que hizo una donación de modalidad premio, procedo a cerrar con corrección política la trampa más tierna en la que he caído.

-Pues entonces, yo quiero donar este saco de arroz que he ganado a la familia Chawa para la pronta recuperación de la niña.

Ellas se van de lo más contentas y claro, la niña jamás viaja a Piura como también es probable que nunca en su vida haya caído en un canal.

Comemos pescado frito con arroz y ensalada comentando el episodio. Después nos bañamos de nuevo en el mar y ya tenemos que salir a hacer las compras para abrir el bar. El día dura como treinta horas. Por la noche tomamos unos tragos con Alexis y los amigos que estén. Definen la agenda los pájaros por la mañana y el corte de fluido eléctrico diario a las 11 de la noche. Parece que nunca nos iremos de éste lugar.




Ilustración para queloide por Jim Cero /@Jim_Griss / ideas con copyright

4 de octubre de 2011

Esto es lo que tenemos que hacer:

Nadie debe saber que nos reencontramos y que conversamos como locos mientras todo el mundo nos oía y que la opinión pública supo que teníamos algo antes que nosotros. Nadie debe saber que me mandabas fotos desde un viaje y que un día enviaste un mensajito diciendo ven y que yo decidí –con miedo- leer como van. Nadie debe saber que del viaje me trajiste un anillo del color de mis uñas y un ídolo pagano, eso no lo deben saber nunca.

No pueden saber que caminábamos por barranco de bares cuando te dije que sabía todo de tu vida y tú te sorprendiste y me besaste y desde entonces no nos dejamos en paz, o que un día tu auto no encendió debajo de un puente y nos dijimos todo tipo de cosas al amanecer. No deberían enterarse de que nos volvimos locos desde el día uno y que jugábamos a inventarnos papeles y nombres y que te dí un pequeño chanchito que atesoraste como si fuera tu hijo, ni que un día compramos unos canguros que siguen en tu cocina a una puerta de la cama que compramos para mi perro que iba a vivir mitad en tu casa. La cama del perro, no debe verla nadie.

No les cuentes (y yo tampoco), que nos arrastrábamos por el suelo de la sala ni que alguna vez nos dormimos en un mueble. No deben saber que teníamos miedo de lo que dijeran y menos que pasamos la noche en la playa y que subimos por un muelle lleno de caca de palomas a un catamarán. Que me defendías y yo te defendía, que estábamos hechos uno para el otro, que parecía que hubiéramos nacido juntos y que fuéramos a terminar igual. Que no sepan que un día todo se acabó y ahora casi no hablamos y que me pregunto qué haces y que me acuerdo de ti a diario y que te quiero, aunque quizás no como antes sino distinto.

3 de septiembre de 2011

takle y su pésima actitud


video subido por @inzlabs. Gracias!

9 de agosto de 2011

Absurdo barranquino

Caminamos de Miraflores a Barranco porque me ha dado por caminar desde la casa hasta la panadería de 28 de julio ida y vuelta. Me dio dos veces y con esa última se terminó, porque en realidad yo lo único que quería era alargar los procesos, quedarme un ratito más contigo aunque me dolieran las piernas y la excusa fuera ir a buscar una galleta en la San Antonio que queda a kilómetro y medio. Tamañito te habré querido para salir de mi casa a pie y tener que cruzar dos veces el puente entre Miraflores y Barranco donde los taxistas hacen pila y una tiene que saltar los charcos inmundos y aguantar la respiración por muchos segundos caminando a paso ligero y sin poder ver la obra del tipo de las cometas que hace aviones de colores, aunque no debe tener olfato.

Entonces superamos los segundos de asfixia voluntaria y ya pasamos a la vereda que no está ni por asomo más limpia, cuando veo venir en dirección contraria a un hombre que camina chueco y desafiando la gravedad. En paralelo yo desafío la gravedad hablando contigo temas de trabajo y proyectos que quizás nunca empezaremos o no terminaremos, porque estoy segura de que pronto aparecerá una nueva carla como la anterior que tenía un nombre de tres sílabas y no era yo sino la nueva yo. Me he quedado como una necia inventando paseos a comprar galletas y planes laborales en común con los que desafío lo grave de mi pena y lo difícil que resulta convivir contigo sin que me quieras como solías quererme.

Caminamos hacia el hombre chueco y alto y de unos sesenta años y él camina hacia nosotros. Yo te murmuro que está borracho, mientras veo que a cada paso está más chueco y más cerca del suelo. Yo no quiero chocar con ningún borracho que no seas tú -eso lo tengo claro- y por eso cuando nos cruzamos con él lo esquivo, pero apenas lo esquivo volteo a mirarlo justo en el momento en que cae al suelo de cara en una jardinera de la vereda aplastando las plantas que crecen salvajes.

Señor, está bien? El tipo no contesta nada pero tiene un poco de sangre y raspetones, huele mal. En ese momento otro ser extraño sale por la ventana de un segundo piso y grita conchetumadre, mis plantas, y yo le digo, el hombre se ha caído y el sigue diciendo hijo de puta, sal de mis plantas y tú te acercas y le sigues preguntando si se encuentra bien y tomas una libretita que se le cayó y vemos dibujitos y escritos y el borracho empieza a dejar de ser un borracho chancado contra el suelo para ser un señor enfermo y sensible que dibuja y toma apuntes. Otro peatón nos ayuda, ustedes tratan de levantarlo para que tome agua de tu botella pero él sigue siendo un tipo chueco incluso cuando está echado. Yo digo que voy a llamar a serenazgo o a una ambulancia y empiezo a buscar en mi lista de contactos pero no tengo ninguno de los dos números y llamo a una tercera persona para que busque el número y me lo dicte pero no lo memorizo y sigo fingiendo que llamo a algún lado como la idiota inútil que soy esa mañana.

Félix, dijo que se llamaba. Que vivía cerca y que eran unas pastillas nuevas que estaba tomando las que lo ponían mal. Félix se ha caído mucho últimamente porque tiene raspetones viejos por todos lados, algunos menos secos que otros. No hay forma de levantarlo y de pronto aparece una ambulancia de los bomberos y se para al lado. Tú me miras orgulloso como si yo los hubiera bajado del cielo para que vengan, pero lo cierto es que no he hecho nada salvo pretender marcar teléfonos inexistentes y disfrutar un poco la escena donde tú eres el héroe y salvas el día.

Han pasado cinco minutos entre que cruzamos la pista frente al vendedor de cometas y un bombero se baja de la combi de bomberos y dice Félix, qué pasó? Y el buen Félix sigue balbuceando en chino cuando el bombero le dice, Félix mírame, soy Carlos el enamorado de tu sobrina, vamos, te voy a llevar a la casa. Lo sacude un poco y lo sube al vehículo. El hombre del segundo piso sigue insultando al caído por unas plantas que no se riegan ni se podan hace tres años. La combi se va. Nosotros seguimos caminando.

26 de julio de 2011

mira ricardo, pasaron los cinco años

Ya ni se si te acuerdas del día del desayuno de candidatos de la segunda vuelta, que recién salíamos y que te quedabas a dormir a la casa y esa noche yo me desperté tempranísimo, como a las 6am muerta de nervios y corrí a ducharme y a pintarme y a vestirme volando con esa ropa que después al ver las fotos odié pensando que era impropia, que seguía siendo demasiado yo aún cuando me había tomado días escogerla y entonces estaba en el baño temblando un poco y con la panza llena de ess manchitas que me salen de nervios porque mi cuerpo domina mi espíritu y se brota de cosas raras aún cuando yo pretendo aparentar normalidad. Entonces la mano me temblaba pensando que en breve estaría frente a una pared de periodistas y era imposible y frustrante pasarme el delineador por el borde de los ojos, cuando te paraste fuera del baño y dijiste éste es el momento en que yo debería raptarte y llevarte lejos de todo esto y yo te miré y sonreí y esperé como quince segundos que digas algo más para salir corriendo contigo, pero no dijiste nada y por alguna razón rara eso no me frustró sino me hizo sentir brutalmente querida.

Salí de la casa con la ropa equivocada, tomé el fiat uno rojo hacia el comando de campaña, manejé por el zanjón, me quedé varada abajo frente a petroperú y tuvo que venir mi tía a jalarme y llevarme hasta el desayuno en medio del nerviosismo, las manchas en la panza y las ganas de fumarme un cartón de pall mal en un minuto. Pero llegué y alguien tuvo a bien putearme como a hija y decirme si acaso la candidata era yo porque me habían estado esperando y una vez más yo era una irresponsable, pero al toque salimos y nos sentamos en una mesa larga mi papá, su mujer, mis hermanos y yo. Al frente, toda la prensa del mundo.

Ese día temblé como loca bajo la mesa, me comí un chancay tieso, me chorreé chocolate caliente sobre la blusa blanca en vivo por todos los canales de señal abierta y violé la ley electoral. Después fui a votar al Sta Úrsula y de regreso dormí 5 horas hasta ver el flash.

El 28 de julio del 2006 de nuevo me pinté, intente vestir bien aunque llevé puesto un saco morado de terciopelo idéntico al del cardenal y luego casi muero aplastada junto con mis hermanas entre las rejas del patio de honor de palacio y una horda compuesta por apristas y seguridad del estado desesperados por entrar a la casa de pizarro. Finalmente ví el zapato de la ministra de justicia tirado en el suelo y me crucé con el joven sifuentes, entonces de la ventana indiscreta, por primera vez. Por la noche tomé varios shots de pisco peruano con la presidenta de chile y al día siguiente en la parada militar un evangelista quiso darle un vhs o un libro al presidente y se acercó demasiado y hubo un ambiente caótico y peligroso que yo sentí desde la tribuna de honor. En adelante los últimos cinco años.

Esto te lo escribo porque esta noche, manejando como más de cien noches del último quinquenio del extremo lima al extremo barranco del zanjón, me acordé de tu cara esa mañana del desayuno diciendo que debías salvarme y de que yo quise que me salves pero que al final todo era sólo una frase bonita que se te ocurrió en el momento. Y pensaba, después de despedirme de Samanez que creyó que no me vería ni mañana ni pasado, que él y el resto de mozos y sus sonrisas y todos los engreimientos pequeñitos que me hicieron y que les hice yo a escondidas del protocolo, son lo que más voy a extrañar de todo eso que la gente piensa que es el poder y que son gente que la circunstancia pone a tu lado y con los que te obliga a vivir cosas buenas y malas pero sobre todas las cosas, buenísimas como el contexto que te puso al lado mío en el dos mil seis queriendo protegerme para que luego tu te vayas con una y yo me vaya con otro y la vida siga como si ninguno de nosotros hubiera pasado por ahí.

El tema central es que finalmente no necesitaba que me protejas. Me supe proteger sola y estoy bien.

27 de junio de 2011

Tiene en los ojos el gesto del que te puede matar con una mano. Los hemos seguido o pretendido seguir por semanas, pero siempre en algún momento nos concentramos en alguna cosa u otra que no tiene nada que ver con él. Cuántas mañanas, cinco o seis quizás nos hemos levantado temprano para ir a buscarlo en las manzanas que compartimos los tres; tú por el chipoco, yo por el partido y él peinando las calles todas, las veredas, caminando en medio de la pista.

El primer encuentro fue hace un montón. Calculo que cinco años porque en ese entonces Porno, el pobrecito, ya se había muerto de distemper y lo habíamos enterrado a vista y paciencia de los corredores matutinos en el malecón Vargas Llosa, como a un hijito muerto que no tiene espacio en ningún lado. Entonces la mascota nueva se llamaba Takle y caminábamos intentando educarlo cuando apareció éste tipo en medio del paisaje como si lo hubieran sembrado ahí, como un mal chiste interrumpiendo a las empleadas del hogar que pasean perros con nombres gringos.

Cómo se llama, creo que te preguntó a ti o a mí, de eso no me acuerdo, pero le dijimos y dijo dile que le manda saludos Rintintín. Desde ese día el zambo de pelos anaranjados que camina por mi barrio entre loco y pasteleado buscando basura unos días y lavando autos otros mejores días, se llamó Rintintín.

Lo hemos buscado hasta el cansancio y la preocupación. A ratos aparece y cuando estás por hablarle desaparece de la nada como si las paredes se lo tragaran, o los arbustos o los callejones. Tiene definitivamente el poder de invisibilizarse. Entonces han habido días que después de peinar todo Barranco y preguntarle a las heladeras del malecón, a Jenny de la bodega, nos ha agarrado un miedo seco de pensar que finalmente se murió, que lo pisó el metropolitano o una patrulla matalocos se lo ha bajado. Hoy no sólo lo vimos, sino que pudimos abordarlo. Pudimos digo, aunque yo me quedé en el auto mirando mientras tú le hablabas.

Volviste al auto sonriendo y me contaste que Rintintín se llama Lucho.

14 de junio de 2011

Esto me pasó

Que cuando tenía como quince años andaba con mi mamá mucho y solíamos ir a comer cebiche y carapulcra a un restaurant de nombre obvio que tenían sobre la avenida dos de mayo de san Isidro, el gordo Casaretto y su mujer Gabriela. Íbamos a clavo y canela cada cierto tiempo porque Alejandro (que así se le dice en su casa al gordo) tiene buena mano para la cocina y a veces se aventaba a tocar la guitarra y cantar el vals. Nunca, en toda esa época jamás Alejandro contó un chiste ni hizo la imitación de la pirula, a pesar de las peticiones de muchos de los comensales. Los había fans, los había faranduleros y nos había comelones.

Un día, recuerdo que comíamos cebiche de pollo porque el entonces presidente había dejando claro que el pescado crudo daba cólera, una mujer con pinta de boleteada se sentó en la mesa de al lado. Nosotras y el grupo de amigos que se nos había unido, seguimos comiendo de lo mas normal hasta que la mujer se quedó mirándome y empezó a reírse. Entonces todos volteamos a verla y ella dijo: jajaja que estón, que tal cara de pasada, y con su mamá, qué capa, jajaja. Así un buen rato hasta que decidimos no hacerle caso.

En ésta breve y poco significativa anécdota lo raro no radica en que yo pare con mi mamá, que el gordo casaretto no sea gracioso en persona, que cocine bien ni que toque la guitarra. Tampoco que venga una mujer extraña y te saque al fresco delante de tu mamá. Lo raro es que yo no estaba drogada esa tarde, te lo prometo.

the motorcycle man

Dave sale de su taller, se sube a la moto y conduce relajado por Albany St. No son aún las siete de la mañana pero ha pasado la noche despierto repasando lo malo, pensando una vez y de nuevo en su vida anterior, en Kate y el amor, en Dave Jr. y el amor, en el puto crack y la adicción que le arrebató el amor de todos. Para no torturarse más de lo necesario pulió el tanque de una Harley Bobber en la que ha trabajado meses, de dos a cuatro y treinta. Una vez terminada, si consigue los faros en algún lugar de Norteamérica, la va a vender y con ese dinero vivirá algún tiempo y armará otra moto de colección que pueda vender y con ese dinero vivir algún tiempo, mandar cheques a la ex mujer y el hijo, recuperar un poco de dignidad delante de ellos y con suerte un poco de amor.

De cuatro y treinta a cinco y treinta ha hecho pesas sin parar. Dave lleva la cuenta en voz alta para exigirse cada día más. Llevar la cuenta hablando fuerte es un método que aprendió en la rehabilitación y una forma de sentirse acompañado. Cuando escucha su propia voz pretende que escucha la voz de otro, se sale un poco de si y se ve como quisiera que su familia lo viera a pesar de que no lo ven hace mas de tres años.

A las cinco y treinta fuma el primer cigarrillo y fuma nueve mas esperando que amanezca del todo. Hay un placer extraño en cada encendido de mechero, en cada calada, en cada colilla que se apaga. Ahora va por Alabany y toma Garden St. Parkway, acelera un poco para probar la moto y avanza una milla, dobla en N. Midland Ave, avanza algunas cuadras y estaciona frente a la cafetería de a diario. Entra y se sienta en la butaca de siempre frente a la barra con forma de U a esperar que aparezcan Mary o Katerina y le sirvan el desayuno. En la radio de Gus´s Grill suena Marc Anthony, son las seis y trenticinco, huele a pan tostándose en la plancha y a café recién pasado.

Sale el ruidoso Gus de la cocina, siempre con una gorra distinta y con su alegría agresiva.

-Mi buen amigo Dave, como están las Harleys hoy!

-Igual que ayer, Costantino-intenta responder en el mismo ánimo- dónde están las chicas?

-Tenemos noticias, Mary se jubiló. Aparentemente tiene que cuidar a una tía vieja en casa y renunció ayer por la tarde. Tenemos a una nueva en entrenamiento, ahora está con Bill en la cocina viéndolo preparar el desayuno.

Dave sigue la perorata de Gus sin interés. Mary era la vieja que atendía en el lugar y bueno, dado que el iba a diario tenía que pretender que la historia del dueño era de algún modo relevante. La rutina le da estructura, el trabajo le da estructura y el ejercicio le da estructura.

-Mary, la extrañaremos –dice mientras se queda viendo un afiche de Larissa, algo que parece ser la isla griega donde nació Gus.

-Es difícil encontrar nuevo personal. Todos quieren hacer dinero con el mínimo esfuerzo. Si al llegar a este país yo hubiera pensado lo mismo, no estaría donde estoy. Ahora, a trabajar unos años más y jubilarme.

Atraviesa el portal entre la cocina y el salón una mujer con pelo oscuro. Dave la mira y piensa que es nativa americana o india o hispana. Tiene pelo largo y unos veinte años. El delantal azul cubre casi todo su cuerpo y solo deja ver unas mangas blancas y un jean, de la rodilla hacia abajo. Se acerca a la barra desde el interior, ve al tipo tatuado hasta las muñecas, respira y habla por primera vez.

-Buenos días, qué puedo traerle?

En el acento Dave nota que es hispana y que tiene miedo. Las manos le tiemblan y lo queda mirando impresionada. Entonces Gus encuentra que es el momento indicado para interrumpir a gritos.

-Es la nueva, se llama Sandrita. Sandrita, él es nuestro buen amigo Dave, el hombre de las motocicletas.

Sandra la peruana sonríe por obligación. Tiene miedo de usar el idioma y evidenciar la falta de uso. Se toma las manos a la altura del estómago buscando que dejen de temblar de una buena vez. En los pellejos delgados y tatuados de los brazos del cliente se dibujan tribales y letras que no puede leer para no parecer demasiado interesada.

-Tomaré mi desayuno usual. Sabes qué me sirve Mary todas las mañanas? Tres tostadas de pan de centeno y claras de huevo revueltas. Ah, y un café en tazón.

-Ok, con azúcar?

-No linda, soy lo suficientemente dulce.

Sandra sonríe una vez más por obligación, escribe el pedido en un papel y sale a preguntarse dónde diablos están los tazones grandes. Vuelve en un minuto con el café hirviendo y lo pone delante del tipo.

-Aquí vamos-dice exactamente como ha escuchado que Katerina, la moza checa, le dice a todos los clientes cuando les entrega el pedido.

Dave toma la taza complacido y la pone justo debajo de su boca. Con la mano izquierda se acaricia el mostacho rubio y sonríe.

-Sandrita, como Velvita.

Como la peruana ha llegado a vivir a Nueva Jersey hace muy poco, no sabe que Velveeta es un queso fundido que comen los gringos a veces. Igual sonríe para caerle bien y simular complicidad. Marc Anthony sigue ahí

oh, this day seems made for you and me
and you showed me what life needs to be
yea you sang to me, oh you sang to me

A las siete y veinte de la mañana, la peruana prepara la cuarta jarra de café de su vida y aún no ha roto nada. Dave el hombre de las motocicletas paga 4.50 mas taxes, deja un dólar de propina y se va. El primer dólar.


6 de junio de 2011

cap I

Nos vamos muy lejos. Casi te he obligado a que nos larguemos porque Lima no es la misma, ya no la quiero, por donde voy respiro el mismo aire que esa perra maldita. No olvido y entonces me voy para olvidar y dejo todo, pero te llevo como trofeo. Te llevo únicamente para demostrarle a ella que no te tiene, para que cada vez que camine por Lima, que vaya en un auto, que se vea en una foto, sepa que no te tiene, que te tengo yo. Has vuelto y yo soy feliz porque te recupero, pero te digo que no quiero estar mas en Lima, mas en Chorrillos, que todo me recuerda a ella, que todos son caminos que recorrí sangrando mientras tú estabas en su cama, al lado suyo, adentro de esa zorra mientras yo caminaba desangrándome por todos lados, tocando la puerta de la que fue nuestra casa sin que me dejaras entrar. Pero regresaste y como yo mataría por ti te recibo, pero te digo que nos larguemos, que nos vayamos lejos, que solo la distancia conseguirá que me olvide de todo. Entonces te entregas y compramos dos pasajes a Newark Nueva Jersey. Por eso nos fuimos.

12 de mayo de 2011

entre 8 y 9

Levantarse, arrastrarse hasta la cafetera y tratar de efectuar la operación del café de manera coherente. Primero el agua, luego el café, luego poner la tetera en la máquina, luego on. Prender un cigarro pensando que es el último pucho del día. Ver el segmento de deportes del noticiero, luego parte de espectáculos. Tomar un poco de café y verse al espejo. Quitarse el rímel corrido de anoche con toallitas húmedas huggies que fueron hechas para traseros infantiles pero se usan también para desmaquillar cacharros maduritos. Prender la ducha, pesarse y deprimir. Siempre, esto es muy importante, cerciorarse de que haya toallas a la mano. Entrar a la ducha.

Jabón, champú del mejor que puedas, reacondicionador, aceites de maracuyá o de lo que se lleve ese día, jabón para la cara, pensar. Sentir cargo de consciencia por bañarse tanto rato, apurar el final de la ducha, siempre dejarse un poco de jabón en el brazo izquierdo a la altura del codo. Salirse.

Chequearse las uñas de las manos, las de los pies, buscar que no hayan pelos evidentes. Darse un par de vueltas en el espejo a ver si el último tratamiento y la dieta y la balanza son benevolentes. Peinarse. Primer plano de uno en el espejo viéndose los dientes, cepillado de los mismos, vuelta a ver que brillen bien. Chequear las ojeras, en caso las hubiera, intentar taparlas con las mentiras que se guardan en el kit de maquillaje. Desodorarse para luego echarse algo que huela ajeno. Vestirse de acuerdo al humor.

Abrir la puerta de la casa y salir con actitud de que a una no le importa nada.

2 de mayo de 2011

sólo dos llamadas podría contestar hoy. una es la tuya y por eso digo aló y tu dices aló china qué haces y yo contesto, fumo y tú, fumo también en el parque torrepa porque hace sol y no quería estar encerrado sentado fumando bajo techo. en eso somos diferentes porque yo puedo estar encerrada fumando bajo techo toda una vida. nos parecemos en que tengo como doscientas horas pensando qué hago, y después de la breve explicación del cigarro en el parque paras, te callas y me dices, qué hacemos, y yo te contesto no sé, y luego me dices te llamo mañana a ver si hay ganas y yo te digo ya.
eso deberían entenderlo mi novio y tu novia.

1 de mayo de 2011

juan pablo 88

La gente grita dentro del salón dorado, hay un ambiente enrarecido y tenso. Yo tengo puesta una camisa blanca y una falda escocesa con varios imperdibles enormes, zapatos chatos y un pelo horroroso producto de una permanente que me hice esperando dejar de ser yo. Tengo claro que no estoy vestida para la ocasión, pero no he hecho ningún intento por ser adecuada sino todo lo contrario. Me molesta estar ahí, me estorba esa situación como me estorba todo porque tengo trece años y sólo quiero escuchar mis cassettes, grafitear mi cuarto, hacerme huecos en las orejas con agujas y un hielo y conseguir escapar de los adultos para ir de 9 a 11 a la calle de las pizzas a reunirme con mis amigos de aspecto maleante. Todo el resto apesta; el palacio, las señoras de los ministros, la algarabía cristiana.

La esposa de un alto funcionario llega con una canasta llena de panes. Es una canasta gigante decorada con lazos blancos y flores amarillas. Los panes son rosetas, populares, toletes, hay de todo. La mujer tiene a su hija enferma, escucho que se llama Salma. Repito Salma en mi cabeza muchas veces y el nombre consigue que me aparte un rato del tumulto. Ha traído los panes para que Juan Pablo los bendiga y entonces su hija los coma y sane, porque sólo el papa podría conseguirlo. Minutos después otras señoras y gente de protocolo consiguen quitarle la canasta y con eso la esperanza de que la hija sane, porque no es protocolar recibir al papa con una panadería andante, porque tenemos fe, pero no tenemos paciencia, ni compasión y todo debe verse perfecto.

La llamada de Mirtha avisando sobre la visita del papa nos tomó por sorpresa. Estábamos Giovanna y yo en la casa y recuerdo haber colgado el fono y dicho que de ninguna manera me prestaría para lo que llamé “esa farsa”. Era mayo del 88 y yo ya no creía en nada o pretendía no creer. Era una adolescente problema o una adolescente tipo, no me queda muy claro. Mi madre estaba en Amsterdam y yo había quedado al cuidado de mi tía más católica. Mi negativa puso los pelos de punta a toda la familia. Algunas llamadas de larga distancia más tarde, mi mamá me convencería de que estaba en una posición privilegiada y no sé qué más. Prometió comprarme cosas, creo.

Con los panes fuera de la batalla, la espera desespera. Estamos en el salón dorado y hay cientos de personas, funcionarios, familiares de funcionarios, seguridad, curas por todos lados. Yo no quiero, no tengo ni un ápice de interés por el papa. Ya antes había muerto por verlo y no se dejó ver, pasando desapercibido delante de mí en el 85. Todo el tiempo pienso que en ese entonces hubiera dado la vida por tenerlo cerca, por tocarle una puntita del hábito. Pienso que yo no debería estar ahí, sino mi abuelita o la propia Giovanna o finalmente los panes de Salma, pero no yo.

Entramos a la antesala del despacho de mi papá donde él conversa en privado con el papa. Es un lugar donde sólo están los elegidos y alguna gente de seguridad. Alguien sapea y hace una cuenta regresiva. Dicen en 3 minutos saldrá el papa. Entonces yo entro en trompo y me quiero largar a toda costa. Me voy arrimando piolita hasta la puerta que me devolvería al salón dorado. Tengo pensado escapar a una de las habitaciones de la residencia y luego volverme a mi cuarto a escuchar música a todo volumen, salvo que Juan Landázuri me bloquea. Le digo que quiero ir al baño, la mentira más a la mano. Me dice que no, que falta minuto y medio para que salga el papa. Le digo directamente, me hago la pila y amenazo con hacérmela ahí. No. Se abre una puerta y sale el papa peregrino.

A una chica en esas circunstancias vienen los adultos y la educan en cosas raras. Ya mi hermana y yo habíamos ensayado payasamente cómo hacer una venia y luego besar la sortija papal, una, dos, cien veces. Cuando el papa estaba en frente mío, yo no podía dejar de sonreír. Escuchaba como en otro plano que mi papá le decía es mi hija Carla, la primogénita, pero no atinaba a hacer nada, salvo hincarme torpemente y besarle cualquier mano. El dijo, Carla, y después estuvo preguntándome como tres cosas pero yo no contestaba porque todo pasaba en otro plano y no entendía su español esforzado. Preguntó qué estudiaba mientras me acariciaba la mano y como no dije nada y me limitaba a sonreír como boba, mi papá le contestó que estaba en el colegio. Me hizo una crucecita en la frente y pasó a saludar a los que estaban a mi lado.

Yo ya no creía en nada, te lo juro, pero el viejito traía encima la fe de un pueblo, la fe de mi familia, la posibilidad de que alguien no muriera y se notaba apenas entró a ese cuarto. Su ropa blanca estaba gris de la cantidad de manos que habían conseguido tocarlo, pero igual se le veía blanquísimo y francamente buena onda. Por eso me inscribí para recibir la comunión de su mano al día siguiente en la Plaza san Miguel. Para verlo de nuevo, para tenerlo cerca un ratito. Tengo trece años y ya no tengo fe, tengo intuición, soy un animal de instintos.

Es cierto que fui al día siguiente a la misa, pero no pude perpetrar mi esperado sacrilegio. Hordas de jóvenes cristianos resguardaban todo en llamadas cadenas humanas. Soleaba esa mañana. En el momento de la comunión, justo cuando la chibola hereje se disponía a subir, la señora Violeta Correa, que estaba detrás de mí parada viendo atentamente la consagración, sufrió una especie de desmayo. Como todos estaban extasiados en la misa, yo fui la primera en notar que la ex primera dama estaba por caerse al piso, moví mi silla para sujetarla y entonces se armó un barullo de auxiliares que empujaban a la gente para socorrerla. Ya con la mujer asistida, volteé y la comunión había terminado.







ps: acabo de encontrar esta foto.

21 de abril de 2011

pequeños lutos

Han pasado pocas horas y sin embargo el perro ya se ha dado cuenta. Aunque me hago la dormida cada cierto rato para que no insista, se acerca al borde de la cama y apoya la cabeza sobre mis pies. Me volteo y apoya la cabeza sobre un lado de mi espalda, sin respuesta. Sale del cuarto y sube la escalera para ver el panorama desde la terraza. Vuelve y como sigo haciéndome la dormida para esquivar sus alegrísimos embates, va por la artillería. Pelota en la cara es su primer movimiento. Yo finjo que no la siento pero anoto mentalmente que debo comprarle una pelota mas leve, porque ésta duele fuerte. Trae la pita, que es una trenza de hilos que pesa alrededor de medio kilo y me la tira, nuevamente en la cara. Luego trae la pelota con puntas y la pelotita que le robó al perro vecino. Mi cama se ha vuelto un muladar, el playground de un perro loco y su dueña que duerme a pesar de todo.

Ayer fue el día de los accidentes de tránsito. Entonces llamo a mi madre a cerciorarme de que está completa y que no miente cuando dice que lo está con el único fin de no perturbarme. No hay puntos ni dolores. Luego llamo al hermano ajeno, que sí tiene puntos en la cabeza e intento hacerlo reir un poco. Soy la takle telefónica, intentando sanar a otros con pitas y pelotazos verbales. Hablo con la madre ajena que está magulladita, pobre. Nos mandamos besos. Dos distintos accidentes de tránsito han dejado en la lona por breve tiempo a mi familia y a la ajena. Nos recuperaremos.

Yo tuve mi propio choque. Sin auto ni puntos. Eso lo sabe el perro y por eso ahora apela al cariño bruto. Se mete debajo de mi brazo, se revuelca y finge engreídos dolores de oido. Cada cierto rato el teléfono maravilloso de tecnología android toca una campanita y yo emociono un poco. Lo tomo y miro, dice xxxx is now following you on twitter. No es la llamada que espero, pero por lo menos alguien cuyas reales intenciones desconozco, is following me on twitter. Es twitter que me tira pelotas y pitas.

Pues nada, a recoger los platos rotos y comprar nuevos. Es un buen plan de semana santa.

21 de marzo de 2011

La verdad

No se cómo decirte ésto porque uno nunca sabe dar noticias malas, entonces las suelta como si estuviera ametrallando, para cortar rápido el dolor y la culpa.
He estado fría contigo y lo tengo claro aunque francamente he hecho poco para revertir la situación y me he dejado llevar y lo siento grave.
Hace meses que no vivo contigo y lo sabes. Entiendo que pido demasiado pero si me esperas es probable que un día vuelva tanto como es probable que no.
Soy de otro, se llama tuiter.
saludos y suerte,
@esquinabaja.

6 de enero de 2011

desvío

Me estoy jugando las últimas mañanas de los trenticinco. Lo escribo porque me lo iba diciendo mientras estaba en la ducha y pensaba también que un día ya no me acordaría de cómo huele barranco hoy, que huele a sol sobre el techo del vecino de la quinta de enfrente. Hoy huele en serio al techo del vecino de la quinta de enfrente rostizado al sol mientras ayer por la tarde olía a neblina marina, cacofónicamente pescado con sal por las narices de todos.

Somos gente loca. Eso nos hemos dicho la vecina y yo miles de veces en las últimas semanas. El tercer piso del segundo bloque del edificio 1900 es larco herrera, radio la colifata, nuncajamás. Hemos planeado poner una reja en el segundo piso para que no pueda subir nadie más, lo que no me parece mal porque así los perros ganan el área común de la escalera, suponiendo que algún día mi perro y el de la vecina volverán a ser amigos y entonces tener la escalera para ellos será increíble y podrán subir y bajar a su antojo como si fuera un juego. Por lo pronto es un buen plan ese, salvo que viene rafa, que es el otro vecino y sale con cosas como que deberíamos tener una escotilla para ver quién sabe qué y se nos va al carajo al toque la reja por culpa de la imaginación del tercero y ya lo dejamos ahí para pasar a otro tema, como por ejemplo la piscina.

Vivimos en unos departamentos clase media barranquinos. Puerta con puerta yo jamás me imaginé el día que firmé los papeles -definiendo mi futuro siquiera por los siguientes quince años hace cuatro- que estaría por cumplir trentiseis en medio de esto. Nuestros departamentos tienen números sucesivos y quedan en el tercer piso de un edificio de tres pisos, por lo que poner una piscina en el techo no resulta mala idea, salvo las amenazas.

Nos amenaza que no sabemos a ciencia cierta qué tan acuáticos son nuestros perros y la posibilidad de que usen nuestra piscina para remojarse ellos o quizás que. Nos amenaza el desconocimiento sobre qué tan noble resulte el techo con respecto al volumen de agua de la piscina, y finalmente, a mí en especial me da pavor estarme tomando un vinito blanco en mi sala justo en el instante en que la tremenda ola que formaba el agua de una piscina inflable, entre por la ventana a ahogarme de una cachetada. Proyectos piscina y reja están por verse, por lo pronto en la locita que separa nuestras casas, hace dos semanas que hay una parrilla y un cartel de desvío que encontramos en la pista y subimos al auto un día que mi vecina abi y yo andábamos muy apuradas.

Esta mañana cosa rara, amanecí hambrienta. César de la bodega de Víctor y Teresita tiene sus días. Unos contesta el fono alegre y yo le digo yeeeee (literal) engríeme, y todo feliz me dice, que te llevo carlita?. Hoy me tocó un parco dime carla. No importa porque hace sol y ayer fue lindo lo que para mí es suficiente. Pido queso, jamón, pan mediano, dos coca light, café para pasar y seis besos de moza. Abro la puerta con la compu y el celular en una mano, la cafetera eléctrica en otra y me paso a la casa de enfrente donde me espera abi.

Hacemos una breve glosa de los acontecimientos de las últimas horas, los que incluyen a un hombre con zapatos de taco y a mi perro huyendo despavorido de un señor que entraba por error a mi casa. Ponemos los panes en la sanguchera y comemos uno, otro, otro. Hablamos de la mantequilla, quizás demasiado rato hablamos de algo tan simple y amarillo claro como la mantequilla. Que por qué es rica, por qué vuelve el pan más suave, por qué tiene ese fondito a leche, por qué es saladita. Otro pancito? Ya, pero mitimiti, japanajap. Después hacemos una inspección al cuarto de rafa aprovechando su ausencia, para evaluar el desorden y hacer una lista de tareas que realizar para volverlo un lugar vivible nuevamente. Yo a rafa lo quiero y el me quiere. A abi la quiero y ella me quiere. A pili (que quiere que le digan Juan) lo quiero y él trae conchitas que comemos a la parmesana cuando viene por trabajo a Lima, o viene del trabajo en Piura, cosa que no me queda clara. No sabemos bien qué hace pero lo imaginamos buceando en campos submarinos llenos de conchitas que se abren y lo saludan a su paso. A ale, que no vive acá pero a veces parece que sí, la quiero y la cuido y ella a su vez me quiere y hace malcriadeces todo el día. A Rafael y a Ale les declaro mi amor sobrio cada ciertos minutos porque eso hacemos. Con Pili (otrora Juan) somos más sutiles y a abi no le digo ni medio porque lo más probable es que me atomice el rostro con gas pimienta al primer esbozo de afecto humano.

Y así pasa una mañanita más, abi grabando un video con la banda para la que trabaja, rafa produciendo una serie de horror, ale haciendo que la gente linda de lima se vea mas y más linda en las revistas de bobos y pili saludando bivalvos en el norte del país. Yo debería estar escribiendo unos textos para gente que me los pide con desesperación y sin embargo decido escribir esto para no olvidarme nunca de que somos gente loca y nos encontramos por las noches a cantar las del recuerdo.

En un mes y tres días cumpliré trentiseis. Sumados son como cristo después de molestarse con los mercaderes, hacer milagros, morir y regresar de entre los muertos, mas un niño de tres años que recién aprende algunas canciones y no sabe colorear dentro de las líneas del dibujo. Si los juntas son como yo ahora.