9 de septiembre de 2008

EL ARCA

En la vida yo me subí hasta arriba de un único árbol, no una sino varias veces a lo largo de setecientos días. Era un caucho altísimo de ramas gruesas y sus hojas eran enormes, o es probable que sea yo de chica quien lo recuerde así, y que las ramas hayan sido medianas y el árbol joven, o algo parecido. El hecho es que yo tenía una casa arriba del árbol y la casa que albergaba al árbol que albergaba mi casa del árbol, venía con una gente que hacía las veces de guardianes o personas de limpieza pero que no eran tales sino solo una familia que vivía en el área de servicio de esa casa tan grande y tan abandonada a la que habíamos llegado mi mamá y yo. Entre la gente que vivía ahí había una Margarita, y Margarita que era unos años más grande que yo se hizo mi patísima y la pasábamos bomba en mi casa del árbol y delante del espejo cuando coreografiábamos me colé en tu fiesta.

Resumiendo, estábamos mi madre, el caucho, margarita y yo en la casa grande pero no en ese orden, porque según recuerdo primero llegamos a la casa que era un hueco inmundo lleno de animales salvajes y arañas, donde había vivido seguramente clandestino algún maleante de los ochentas. Llegamos porque era la casa abandonada de un pobre hombre que quiso durante un tiempo pegarlas de mi padre y aunque gracias al cielo no era un maleante ochentero, tampoco era más que un tipo simple que escuchaba mocedades hasta la conmoción.

Al llegar pudimos observar número uno, que el jardín estaba totalmente muerto salvo por el caucho agonizante que reposaba lánguidamente contra la pared de la familia Leoni. Una vez con el kit de jardinero que incluye palita y rastrillo, mi madre dedicó días enteros a revivir el verde del pasto, mientras su novio dedicaba días enteros a memorizar tómame o déjame y domingos enteros a ir a misa, y semanas interminables a tratar de ganarse a la hija, una vez que ésta hubiera bajado al fin del árbol.

Ya con el jardín verde, vendrían las cucarachas, moscas y zancudos a sentirse dueños de casa invadiendo no sólo el área del terreno sino el total del área construída, que es algo así como bichos por todos lados. Después de una breve reflexión respecto al ítem animales que vuelan, mi madre decidió que era mejor combatir naturaleza con naturaleza y darle absolutamente la espalda al baygón. Calculo que yo estaba en el espejo bailando hawai bombai para entonces, porque no recuerdo haberla visto llegar con la pareja de sapos que tenía como misión inmediata el acabar con los insectos en el menor tiempo posible, tal como fue.

Tan rápido estiraron la lengua los batracios que les quedó tiempo de sobra para aparearse en cada rincón y reproducirse generando una sobrepoblación de manchas verde jardín que se movían al mismo tiempo apenas uno salía a la ventana. Como habían muy pocas posibilidades de atravesar el campo hasta llegar al árbol sin pisar un sapo feo y estropear las pony rosadas, esos días marcaron mi alejamiento momentáneo del árbol, que para ser honesta no tenía una casa sino una madera que me había conseguido y que con mucho esfuerzo alcancé a encajar entre dos ramas. Eso sí, creo que las ramas eran bastante altas para una niña de ocho.

Ya para cuando el dueño de casa se martirizaba oyendo a José José, mi mamá no se veía tan segura de mantener la relación como de deshacerse de los sapos que querían tomar las habitaciones. Era una guerra de esas en las que uno se embarca contra sus metidas de pata del ayer, y el siguiente paso a tomar consistió en una nueva visita al mercado numero uno de surquillo, persona que vende mascotas.

Resultó algo sorpresivo para todos el hecho de que la solución al problema coincidiera precisamente con un sueño suyo de infancia. Cuando compró la pareja de ardillas de cola que espantaron gran cantidad de sapos, todos quedamos perplejos de su eficacia. Margarita y yo, en un arranque de felicidad por el hecho de retomar nuestros juegos en el jardín, entonamos a gritos canciones de la radio que habíamos grabado sobre una cinta de mari trini del pobre nostálgico que pululaba por la casa como un leproso del amor.

El árbol y su madera que eran un hogar para mí, duraron sólo un poco más. A diferencia de los sapos, que molestan porque son feos, las ardillas tienen dientes y muerden. Nos son amistosas como chip o dale y son lascivas como sus primos los conejos. Pronto esa casa sería el refugio de un tipo triste, dos docenas de sapos, muchas ardillas y la familia de Margarita que ya entraba en la adolescencia y se volvía un ser sumamente aburrido y carente de gracia, al menos para mí.

Antes de que nos fuéramos de la vida de esa casa, una nueva solución para espantar la fauna proliferante del jardín llegó. La perra mastín inglesa indomable cruzó la puerta un poco antes de que nosotras hayamos hecho una última visita. Huimos para bien antes de que Camilo Sexto terminara de cantar celos acompañado de la desafinada voz del desaliñado ex novio, minutos previos a que la perra destruyera todo.

El resto de mi relación con los árboles ha sido trepar como se pueda a la ramita más cercana, para impresionar un poco a los más viejos. A veces pienso que de habernos quedado un tiempo más, hubiera tenido la oportunidad de ser la dueña de un tigre de bengala que vendría para acabar con los bichos, sapos, ardillas, el perro el novio y la familia de Margarita, pero es difícil saber qué hubiera pasado.

3 comentarios:

El Dueño de los Cajones dijo...

Qué bacán escribes.

Me gusta mucho.





Mucho.

fernando dijo...

hola, mi abuela siempre decía que el mundo cabe en una mano, ahora entiendo porque.
me he encontrado con la grata sorpresa de leerte y por medio de tus palabras recordarte.
wena... wena...
super

Elsie Ralston dijo...

Mi madre dice que los árboles representan nuestra relación con el pasado (de ahí que se les use para la genealogía).
Yo lo veo también así, de donde venimoses en buena cuenta lo que somos.
Mostra la entrada Carla.
Saludos
E