9 de noviembre de 2013

De tener a no tener un perro


El día que se murió el perro cayó viernes. Justo ese día una vecina del edificio nos había invitado a cenar a su casa distintos platos criollos. La vecina tiene los ojos achinados, la boca gruesa y el pelo muy lacio. Cocina todo lo que haya en el recetario pero no usa las hornillas sino la olla arrocera. Es muy buena en eso y por eso nos invitó a todos el jueves a probar carapulcra, olluquito y ají de gallina.

Como a la vecina le gusta que uno llegue y la vea cocinar toda ágil en su kitchenet,  que son las cocinas de nuestros pequeños apartamentos, yo salí temprano pero Ricardo no vino conmigo porque al perro le pasaba algo. Prometió si, que si veía que la cosa empeoraba iba a llamarme y yo volvería de inmediato, siendo que la casa de la vecina queda a veinte metros, sobre un segundo piso.

Esa noche comí olluquito y fue raro dado que  yo no como ollucos porque les siento sabor a tierra. ¿Cómo sabes qué sabor tiene la tierra?, preguntan todos. Dejen de fingir que nunca metieron la lengua en una maceta, anormales. Tomamos chilcanos de pisco, personalmente dos o tres. Estaba esa pintora que tiene el pelo larguísimo y es como una especie de pin up. Estaban el vecino bigotón y una pareja de amigos de la dueña de casa. Hablamos de un montón de cosas y de un minuto a otro empezó a parecerme raro que Ricardo no llamara nunca. Miré varias veces el celular y en lugar de regresarme a casa, decidí llamar desde una esquina.

Ricardo no es muy hablador ni muy descriptivo. Lo suyo es sobrevivir, con simplemente estar hace suficiente. Vuelvo a la casa apenas escuchar que el perro tuvo dos ataques más. Corro los veinte metros y dejo de respirar subiendo las escaleras hasta el tercer piso. Dejar de respirar se ha convertido en una especie de rezo para mi. Dejo de respirar y me digo esto no está pasando, no está pasando, no está pasando. Respiro antes de meter la llave en la cerradura y abro la puerta. Veo al perro golpearse la cabeza contra la pared.

El perro no debería tener más de dos meses y medio, unos ochenta días. Lo compré en una veterinaria de la avenida Benavides un martes. Apenas después de una semana enfermó del estómago pero como yo lo trataba como un hijito, lo cargaba, le cantaba y le ponía nombres tontos todo el tiempo, me di cuenta de inmediato y lo llevé al veterinario. Le hicieron varios exámenes y decidieron que lo deje un par de días con suero en su patita negra, para tratar de curarle el mal de panza. La panza del perro era como media bolita rosada que aparecía entre los pelos negros. Negro con ojos negros era el color del perrito chiquititito que compré y al que Ricardo bautizó como Porno. Era un perrito divertido de esos que te clavan los dientes como agujas y cuando salió de la clínica veterinaria tuvo algunos días buenos.

Estaba aprendiendo a sentarse el día que empezaron los ataques, que fue jueves. Cuando volví de la casa de la vecina llamé rápido y quizás con demasiada intensidad, a la veterinaria de por mi casa. Eran las 12 de la noche y me dijeron que tenían un médico de guardia, por eso fuimos los tres. Nos sentamos a esperar que al perro le diera un ataque pero no pasó nada. Cuando regresamos me dio rabia que no le haya dado un ataque frente a la doctora pero en el fondo caminaba feliz cargando al perro en una mantita y pensando que ya todo había pasado.

Apenas cruzamos la puerta de la casa dejamos al perro en el suelo y este corrió y se golpeó la cabeza contra la pared. Lo subí a la cama para que no pudiera hacerse daño y se tiró de cabeza hacia el suelo. Su carita hacía las peores muecas que he visto en la vida. Las peores caras, como si el perro estuviera loco, enfermo o poseído. El dolor no paraba, eran las dos de la mañana y llamé a la veterinaria que me pidió que me calme y espere a la mañana pero el perro enano gritaba de dolor y su grito era como de mil personas rugiendo y rogando por piedad. Le rogué a la veterinaria que tenga piedad de mi y no quiso, trató de tranquilizarme. Ricardo tiene cara de que va a morir, el perro grita llenando el espacio de dolor y yo no puedo más. Este perro no va a aprender a sentarse ni va a aprender a dar la pata.

Si la veterinaria no quiere venir, yo voy a matar al perro. Voy a buscar una forma de acabar con el dolor del perro, probablemente torciéndole rápido el cuellito. Lo voy a llamar, lo subiré a la cama y le haré cariño cuidando que no se tire al suelo de cabeza, cuidando que no se vuelva a golpear la cabeza contra la pared. Su cuerpo negro es tan chiquito que ya lleva como veinte golpes de frente hacia la pared y no le pasa nada. Apenas tiene oportunidad quiere acabar con todo estrellándose contra la pared blanca de mi casa nueva. Vuelvo a que planeo subirlo a la cama y cuando se relaje un poco con los cariños, le torceré fuerte y rápido la cabeza. Tiene que ser tan brusco que no tenga tiempo de gritar, tan rápido que lo último que recuerde sea el cariño como si todo ya hubiera mejorado.

La veterinaria nos cita a las 4am en su consulta y vamos con el perrito envuelto en una manta. Cuando le ponen la primera inyección, que lo seda, nos dicen que lo despidamos. Ricardo se despide primero y yo después, viendo al perrito dormirse, diciéndole chau Pornito, chau perro chimichu. Luego la mujer nos pide que nos vayamos porque va a inyectarle algo más y que seguramente será un poco chocante para nosotros y muy obedientemente salimos del cuarto unos cuatro o cinco minutos.

Yo no lloré me parece, o me parece que lloré con espasmos y desesperación. Ricardo derramó algunas lágrimas y se encerró en si mismo un poco más, lo que cupiera. Volvimos al cuarto y el cuerpo estaba ahí cuando discutimos dónde lo enterraríamos, pagamos y volvimos a casa con el perro envuelto en una bolsa negra, como una salchicha larga, fabricada con tape. Yo pensaba en los gatos de los egipcios mientras caminaba y amanecía en la avenida Sáenz Peña ese viernes.

El perro alargado en una salchicha negra, medía unos 50 centímetros y pesaba como máximo dos kilos y medio. Su estado había sido tan grave y veloz, que el inicio de descomposición tomaría minutos, por eso hicimos lo que nos aconsejó la doctora y pusimos a Porno en el frízer. Luego nos echamos unos minutos como a descansar y pensar en qué hacer, hasta que desperté y fui al mercado de flores. Compré un cáctus y piedritas blancas. En paralelo Ricardo pidió al guardián del edificio ayuda y una pala, entonces salimos los tres en el auto con el perrito muy frío, hacia el malecón.

Ricardo, no mi novio sino el guardián que se llama igual, cavaba el hueco mientras yo miraba desde el barranco hacia la vereda. Ricardo mi novio, lo ayudaba. Ese día hubo sol desde temprano y el que entonces era el ministro de Educación pasó haciendo footing en el momento en que nos despedíamos de la bolsa negra y la depositábamos en el hueco, entonces nos quedó mirando raro pero siguió corriendo de sur a norte. Sembramos el cáctus y pusimos las piedritas. Luego nos miramos, levantamos los hombros al mismo tiempo y volvimos a la casa.

No me acuerdo de los dos días siguientes pero en algún momento alguien cambió la refrigeradora de mi casa porque el recuerdo del animal en la congeladora me podía ser muy traumático o algo así. Tengo una familia bastante sobreprotectora. Estuvieron tratando de divertirme y hacer olvidar esas pocas horas entre jueves y viernes que pasé de tener un perrito a no tener nada. Lo mismo le pasó a Ricardo, pero él no es mucho de decir cómo se siente. Todos estaban aterrados pensando que yo no lo iba a superar y se equivocaron. De hecho hoy, siete años después he olvidado casi todo y con las justas a veces me acuerdo del perrito negro.


Eso sí, si hubiera estado vivo tres días más, sólo setenta horas más, yo le hubiera enseñado a  sentarse y también a dar la pata.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No hay duda que la realidad supera enormemente la ficcion

Anónimo dijo...

si decides tener otra mascota lo mejor es adoptar

Daniel Sotomayor dijo...

Hoy, 2 de enero del 2015, a las 9:53pm he muerto un poco con tu texto te lo agradezco.