
El miedo empezó el día que le pregunté a un chico con nombre de salsero puertorriqueño la razón de una evidente cicatriz facial, lo que dio paso un relato que me cambiaría la vida, o más bien la vida en los semáforos.
Fue en febrero y con sol, cuando con la luz en rojo y sentado de copiloto, vió a una mujer correr hacia su ventana con un globo de agua. Más vivo que los vivos, subió la luna y desde dentro hizo una mueca burlona, misma que se desdibujó cuando el globo-que rápidamente reveló ser una piedra -le rompió el vidrio y la cara. Una clásica secuencia de hechos crash-au.
Pasaron más de quince años desde que oí la historia y aún salto si veo a alguien levantar la mano incluso en señal de saludo cerca de la ventana de mi auto, pero también me detengo a varios metros del auto de adelante por si un pastelero me quiere embarrar el parabrisas con su trapo y sobretodo, me angustio y pregunto dónde está la policía, el serenazgo, supermán o mi ángel de la guarda, cada vez que el loco pechicalato, tiznado y con pinta achoradísima que pulula por mi trabajo, sale de atrás del tótem del rotary club para dirigirse a mi auto a exigir el sol que le corresponde por cada pasada.
La loca a quien detuvo ayer la policía comparte el mismo método de la piedra y el hollín, pero le suma el hecho de estar absolutamente desnuda, o más bien le resta la ropa. Las cámaras de tv la pescaron saliendo de un hotelito recién bañada, vestida y con cara de cuerda, de regreso a casa con los cientos de soles producto de un día de intercambio de generosidades económicas y físicas.
Si la sola amenaza de apedreamiento es argumento suficiente para pagar, el elemento privación de ropa es un detallito que agrega un abanico nuevo de sensaciones a usted y a mí, estimado lector, potenciales clientes de la señorita. Purito marketing, persuasión de la mejor. Si está loca lo determinarán en el hospital al que fue trasladada calata de nuevo, desde de la comisaría. Al salir, entre insultos y gritos, le lanzó sus chancletas al periodismo. Aplausos.